El tubo de ensayo

Leonardo Valencia escribiendo “El desterrado”, en Perú (imagen cortesía)

Hay cierta dificultad que no suelo dilucidar fácilmente cuando se trata de escribir en serio. Y cuando digo escribir en serio me refiero a la necesidad de hacerlo por un pedido. No hablo de imposiciones, pues eso no conduce a ningún lado, sobre todo a alguien como yo, que en ocasiones se caga en las imposiciones (casi siempre, pero esto no se trata de enarbolar la bandera absurda de la rebeldía… para otros eso del caos)… pero en otras disfruta los pedidos y los observa como la posibilidad de hablar de lo suyo.
La próxima semana presentaré en Quito el libro de ensayos “El síndrome de Falcón”, de Leonardo Valencia. Reflexión literaria, sobre lo que es escribir, qué es escribir para otros, qué es escribir para un ecuatoriano. El título hace referencia a un texto que Leonardo escribiera hace 10 años y que se mantiene vigente, más que nada porque se lo ha discutido como afrenta y lejos del ámbito literario. ¿El asunto? La necesidad de muchos autores (no sólo ecuatorianos) de responder a su actividad como si fuera un instrumento más para la construcción o definición de algo que va más allá de lo literario, sea nacionalidad o reconocimiento.

Entonces te enfrentas a los textos y descubres que hay un elemento que se te escapa y del que no tienes poder, más allá que reconocer lo tuyo. Hay una identificación impresionante en lo que uno intenta en sus reflexiones. Cuando alguien habla de algo, está, inevitablemente, hablando de sí mismo. Entonces todo lo que pienso sobre Leonardo y su aproximación a la literatura es sin duda una versión discreta de lo que yo siento que es mi aproximación. En otro nos encontramos. Un despliegue de secretos que descubres.

Así, no me queda más duda que precisar que estoy deambulando, no en la complicación, sino en la comprensión. Lo más complicado de todo. Intentas, una y otra vez, el texto que vas a leer y sabes que hay algo. Descubrir es un acto de intensidades, hablar de la escritura es un acto de desentrañar, el que habla del que habla de literatura juega el peor de los roles, quizás el más importante (me doy ese empuje para hacer el aguante) porque te das cuenta en un punto que alguien sospecha lo mismo que tú sospechas, quizás con otras palabras, pero en el mismo sitio. Y así intuyes la dificultad. Pero te animas y sigues adelante, porque asumes que se debe decir lo que se debe decir, más allá de las regurgitaciones ideológicas que cercan e infectan todo.

La discusión se abre y se cerrará de la misma manera: inútil y sin frente. Pero algo habrá que quede, en el camino, en la pesadez de alguien que intuye lo que es la narrativa, pero que no deja de temer. Al final el coraje no está en insultar a alguien, sino en sostener una postura que no destruya nada, sino que ayude a construir algo que interese y dé brío a lo que está… Eso es el acto propio del discurso… y bueno, hay gente con la que no se puede discutir… “falconcitos”.

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