Hablemos de fútbol

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Mis conocimientos y emociones sobre el deporte que mueve millones de dólares y almas en el mundo son muy rudimentarios. Pero una buena jugada consigue que me levante del asiento y me regocije por lo que estoy viendo. Ayer me pasó, en plena celebración por el día del padre y partido de eliminatorias del Mundial entre Ecuador y Argentina, que terminó en 1 – 1, cuando en los últimos 30 segundos del partido, Argentina consiguió el empate.

Luego la sensación de abatimiento. El caramelo robado, el triunfo agotado. Patricio Urrutia, autor de uno de los mejores goles que he podido ver en mi vida, lo define al final del partido: ”Siempre se favorece a los equipos más grandes”. Y en ese sentido, desde una objetividad que raya en la frialdad, probablemente, puedo decir que la selección de fútbol de Ecuador jugó contra 15 jugadores: los 11 reglamentarios, el árbitro central, los dos líneas y el cuarto árbitro.

Sin embargo, más allá del dominio evidente de un grupo de jugadores, que con errores y todo decidió irse sobre su rival, sin temor de sus figuras y de estar de visitante, me queda la sensación dramática que hay de por sí en un juego que te hace sentar, levantar, acostar, insultar y manejar tus emociones a flor de piel. Quizás no haya nada más que el fútbol porque ya estamos con un pie más afuera que adentro. Y si así es, pues a festejar eso último que nos queda o a llevarlo a delante. Cuando las pasiones son bien llevadas y no se transforman en burdas acciones, hay un riesgo de vida dentro de todo esto.

El técnico de Ecuador, Sixto Vizuete, llorando al final del partido. “Mi equipo fue mejor” Y tiene razón. El dominio ecuatoriano consiguió un gol, el ataque desesperado de una selección de local que está obligada a ganar porque… digamos que es parte de su adn, se manifiesta en anotaciones que no valen realmente la pena. El llanto de los ganadores frustrados. El triunfo que parece venir porque el underdog siempre gana, en casi todas las narrativas, salvo en los segundos actos. El partido de ayer fue el segundo acto, el Imperio congelando a Han Solo en carbonita, pero queda algo más, en una narrativa que tiene bien definido sus protagonistas. Un arbitraje que pito con mirada diferenciada, haciendo falta cualquier contacto de ecuatoriano contra argentino, mirando sin mirar cuando el argentino iba sobre el ecuatoriano. Y quizás sea lo de siempre, pero en medio de esa sensación de desprotección es que surge el gol y devuelve el espíritu, los gritos descontrolados, la emoción.

Tampoco hay que sostenerse de eso. El gol del empate argentino fue un error de la defensa del equipo ecuatoriano.

Hay cierto nivel básico que no logro entender, pero otro que lo recepto y asumo: lo proverbial está en la narración, en ese recuento de lo esencial. Eso que se escapa a cualquier explicación. Al final siempre hay un ganador y la lucha que hay de por medio lo deja en evidencia. Cuando Aquiles mató a Héctor y se llevó su cuerpo, fue Príamo quien consiguió el triunfo, al poder reclamar y recibir el cadáver de su hijo. La gloria para Héctor, la flecha en el talón de Aquiles. Los semidioses pueden morir. El partido fue sólo una pequeña muestra de aquello.

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