Carta de auxilio, documento del adiós

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Jorge Barón Biza publicó en 1998 “El desierto y su semilla” y tres años después se lanzaría del piso 12 de un edificio de la ciudad de Córdoba, en Argentina. De esta forma seguiría el camino labrado por su madre y su hermana menor, suicidadas de la misma manera. Jorge Barón Biza escribe esa novela y deja un documento maravilloso, cruento, duro, cínico y doloroso de búsqueda de perdón y de razones para un acto descabellado que marcó a la familia Barón Sabattini: el deliberado crimen de Raúl Barón Biza (escritor del cual ya he hablado por estos lados) al echar sobre el rostro de su todavía esposa ácido clorhídrico, que la terminó desfigurando, y transformando en un ser que nunca volvió a verse de la misma manera y que no supo qué más hacer de su vida. Barón Biza padre se suicidaría con un disparo en la sien al día siguiente.

¿Y qué escribe el hijo? La interpretación, la narración del hecho y del suplicio, la desmembración, la identificación por amor con la madre (quizás el gran mérito de la novela esté en las descripciones de la corrupción del rostro de la mujer y los intentos italianos de reconstruirle una faz) y la necesidad de comprensión de un padre, a quien es evidente su adoración. El verdadero nombre del autor sería Jorge Barón Sabattini, pero como autor de la narración toma los nombres del padre, se identifica con él y a la vez busca la distancia. El narrador se define como un ser pacifista no por convicción en la humanidad, sino por la desazón que la humanidad le ha causado.

Entonces en esta novela maravillosa se reconstruye ese momento de desmitificación personal y de país (hay mucha de crítica, de aversión a una Argentina que fue capaz de producir una serie de imprecisiones, como el propio padre), en el que la reconstrucción de una madre desfigurada es sólo la excusa para reconocer a un individuo identificado con la maldad porque no le queda opción. Mario, el personaje alter ego de Jorge, sabe que es hijo de un figura infame de la historia literaria y política del país y bajo esa perspectiva debe moverse (Raúl Barón Biza fue considerado un escritor pornográfico y tenía una fortuna heredada que le servía para sus aventuras editoriales. Muchas de sus obras han sido definidas como malas). Un editor le reclama el por qué vendió los libros de la biblioteca de Barón Biza, Mario responde: “… No me mirés así, vos sabés que pasé malarias muy feas, semanas enteras a ginebra y arroz, y a veces no me alcanzaba ni siquiera para salchichas. Cuando te toca un viejo que se cree el marqués de Sade y se gasta la guita en construir monumentos a la pasión, terminás a arroz y salchichas… ¿Qué podía hacer? Viví siempre en departamentos de un ambiente. ¿Cómo iba a guardar una biblioteca de regular tamaño, si ni siquiera entraban dos muebles locos?”.

¿Por qué lo hizo?, es la pregunta que hay en todo el libro, incluso cuando no la está preguntando cómo tal. El viaje por los interiores de Italia como ese viaje que el padre destapa al echar el ácido. Abre lo desconocido y la única posibilidad de encontrar un solución, algo que permita vivir, esa semilla en el desierto, en la aridez de las acciones está en preguntarse y reconocer algo como cercano. “Entre el hombre que construía escuelitas y monumentos al amor de más de setenta metros de alto y el que arrojaba ácido a su amada, hay una evolución que no puedo entender. Mi fracaso por comprenderlo me ata a él”.

Padre e hijo, en la misma dinámica de las letras

Y tal vez esa atadura es la que intentó quitarse del cuello y Jorge no pudo, lo intentó, pero no pudo.

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