Abre los ojos, bien

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“Esta oscuridad te puede ahogar/ te quiere matar/ Esta oscuridad/ te puede ahogar/ te quiere olvidar…/ Abre la ventana y ve la luz del sol/ Abre la ventana y mírate”
Zurdok, “Abre los ojos”

La llegada es un acto de ventaja y de alivio. La casa es el útero en el cual uno se recuesta y cierra su cuerpo en forma de bola para protegerse, para hacerse menos apto para el frío, la oscuridad. Pero las luces no se encienden. No hay nada más que el discreto resplandor de los departamentos alrededor, en coro alumbrando. ¿Por qué?, te preguntas. Las respuestas pueden darse a millares surgir, y mientras las pupilas se acomodan a la iluminación y te permiten ver lo posible, aquello que se refleja con poca luz, lamentas todo, te desesperas absolutamente, porque no hay explicación. Al día siguiente te darás cuenta que alguien ha jugado con los medidores de luz, haciendo algo ilegal con una finalidad ilegal, y como no estás todo el día en casa, pues sales favorecido con el premio mayor: la oscuridad.

Y de cierta forma uno busca doblegarse en momento así. Los pensamientos se oscurecen, y te das cuenta que no eres más que el personaje de “El mar de las Sirtes”, de Julien Gracq, que has intentado salir de un lugar porque simplemente no lo resistías, por esa oscuridad has pedido dirigirte al borde de Orsenna, a trabajar, a vivir y a remover los caminos que has llevado adelante. Y te das cuenta que la oscuridad es inevitable por el contacto con otros. Frente al espejo no hay nada, más que un gesto inidentificable, y no te reconoces. Golpeas las cosas en el suelo porque no las ves, tropiezas. El pensamiento se oscurece. Quieres gritarle al mundo con la misma devoción de la alegría. Buscas describir todo a tu alrededor con la misma precisión que lees en el libro que no estás leyendo, porque la lectura es claridad, a menos que seas Borges y toda mancha sea sinónimo de visión. Entonces la cama es el único resquicio en el que uno se puede colocar, te acomodas con las ideas que te cubren y tienes que esperar a que regrese la sensación, que se ha ausentado porque se acompaña de la luz. El viento parece escucharse y moverse sin misericordia por las paredes de esto que llamas tuyo.

El pensamiento ya está oscuro, encuentras un culpable, quieres hacerle pagar la bajeza de la oscuridad. El infierno es oscuro y frío, porque el cuerpo es calor, es energía, y su ausencia es sufrimiento. Estás en un gulag, donde ella ha sido la causante, el reconocimiento es mínimo, porque estarías en otro lado, o al menos aquí, pero en una distinta condición. En silencio, sin posibilidad de visión, incluso cuando abres bien los ojos, las ideas son también nefastas. Piensas en el verdadero regionalismo, no en eso que me comentan por acá (¿Por qué sigo escribiendo esto? Es sencillo, me digo, porque no me toma tiempo. El único pensamiento claro del absolut vacío), sino en ese concejal de Quito que en entrevista televisiva opta por decir que la ola de delincuencia en Quito es porque los campesinos de la Costa, al ver sus lugares inundados, han decidido subir a la Capital a delinquir. Imbécil. La estupidez es individual y no regional. El hombre (o mujer) funciona como eso, y no hay manera de precisar mejor la realidad… desde la oscuridad.

Y prefieres, en esas circunstancias, acostarte y esperar que llegue la luz del día y quizás leer algo, porque al final ahí puedes abrir mejor los ojos, porque el infierno se apaga, los pensamientos se llenan de claridad, aunque la amenaza se prolongue.

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