Basta, basta de filmar así…

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Hay un ligero problema, ligero, grande y desesperante. Víctor Arregui hace películas para armar, estructuras tan partidas que no te hacen entender lo que estás viendo sino una media hora después. Si es que es así. Y con esto me estoy metiendo en problemas que incluso pueden trascender las fronteras (‘Cuando me toque a mí’ es una producción entre varias instituciones de Ecuador y Venezuela, por lo que de seguro la revolución será cinematografiada), pero el asunto es sencillo: lo único bueno de la película es Manuel Calisto Sánchez, que interpreta a Arturo Fernández, el ¿protagonista del filme?

De ahí todo es un modelo para armar que no termina de armarse. La muerte como motivo de todo. Personaje que aparece, aunque sea 1 minuto, es destazado sobre la mesa quirúrgica de un médico legista que se la pasa entre vodka y vodka, viviendo entre los muertos. Y eso suena tan poético, pero sólo en lo sonoro, porque la poesía se espanta de alguna manera, se va, excepto cuando está Arturo Fernández. Un taxista, un marido enojado y borracho, un niño atropellado, un profesional homosexual, un brasileño barbado, un guayaco que llega a Quito a hacer cualquier cosa (fue bueno verlo en pantalla grande a Lalo Santi haciendo de mono recién llegado), una estudiante de medicina, el amante de una tipa, etc.

Salvo que tengas la disposición de ser un Paul Thomas Anderson, es terriblemente complicado contar una historia hecha con otras historias (y eso que Anderson es Hollywood, señoras y señores). Pequeños instantes transformados en un todo. Metonimia visual. Y el problema sucede cuando eso no te conduce a nada, cuando la muerte es un hecho y eso se lo puede determinar de muchas maneras, no necesariamente con matar a Raimundo y todo el mundo. De no ser por Manuel Calisto Sánchez, la película sería un grito en el cielo… desesperación pura.

Hay errores, muchos perdonables, otros absurdos (incluso esas referencias despectivas acerca de los colombianos, por no decir que son manifestaciones xenófobas), como tener personajes haciendo de ladrones, o tocando guitarra en el grupo de los ladrones, y luego hacerlo inspector de policía, sin ser necesaeiamente un ser corrupto, sino… quién sabe (estos personajes son encarnados por Johnny Ayala, guitarrista de La Grupa). Y quizás fue un juego, pero distrae, a lo mejor hay una historia oculta en ese personaje, pero no. Únicamente sale en esas dos ocasiones y listo.

Víctor Arregui ha pasado por un par de infartos, según he leído por ahí o me contaron. De una experiencia en una sala de emergencias es que le vino la idea de hacer esta película, basada en la novela “De que nada se sabe”, de Alfredo Noriega (este texto está en función de lo que vi en la pantalla y no en el proceso de la adaptación, pues lamentablemente no he leído el libro – por cierto, Ramiro, hermano del escritor, interviene en la película en un papel pequeño). El título de Noriega tiene más contundencia que el obvio “Cuando me toque a mí”.

Y por más que haya sido el resultado de una enfermedad o de la supervivencia humana, el filme no funciona en su totalidad. Errores de verosimilitud, como el del guitarrista/policía, hay muchos. Sin embargo, por ahí no va el asunto. Una historia múltiple, con varias aristas, tiene que ser puntillosa, no olvidarse de que todo es un hecho solo y no simples espacios de vida que se resuelven o no. Si bien en la vida no existen conflictos, sino simplemente el acto de vivir, eso no se puede llevar al extremo de fraccionar todo y meterte en una dinámica en la cual todo puede pasar, pasa y pasó. Sí, la muerte toca y listo, a cualquiera, y no importa. Hasta para morirte debes tener palancas. Cinco minutos de monólogo del personaje Arturo Fernández lo sintetizan. Y me pregunto por qué entrar a un cine a ver lo que se ve en la calle. ¿Para qué vernos?

Y la respuesta es sencilla: porque sí. El problema, en definitiva, es que la vida está hilvanada, y hay que tener el cuidado de coser todo cuando se trata de hacer esas precisiones en una película.

Que se haga cine en Ecuador es fabuloso, pero no por eso los resultados van a ser fabulosos. Hay de todo y en este caso “Cuando me toque a mí” se queda en el intento, a pesar de tener una fotografía interesante a momentos, o pequeños gestos que te elevan al cielo, como Cáceres (¿o era Cárdenas?), el suicida asesino metiéndose pastillas mientras el guitarrista/policía toca una canción. O Teodoro Bustamante haciendo de padre de hija asesinada, sentado en la salita de la morgue, tratando de controlar la desesperación por saber a su pequeña muerta. Son chispazos que te dan respiro…

Eso sí, que se haga cine acá no significa que estemos preparados para verlo. Un público que se ríe cada cinco minutos en momentos en los que hay una tragedia explícita, por no sabe cómo ver un filme, es una molestia. Personas que ante lo desconocido prefiere reír, para sentirse en casa, para que nerviosamente no le toque a ellos. Y quizás en una película el asunto es lejano.

6 comentarios en “Basta, basta de filmar así…

  1. es parte de nuestro drma. NO esta funcionando nuestro cine. No podemos crear un guión sorprendente. Que pasara entonces?

  2. es parte de nuestro drma. NO esta funcionando nuestro cine. No podemos crear un guión sorprendente. Que pasara entonces?

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