Las palabras de Cormac, la boca de Javier, los ojos de los Coen

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De un momento a otro el ritmo cambia y todo sucede como si la historia ha cambiado. Eso es, de eso se trata, de los cambios intempestivos, de lo que permite la moneda que lanza el psicópata que Bardem interpreta en la última película de los hermanos Coen, “No country for old men”. Si cae lo que deseas jugarte, pues te juega, sino…
Quizás la que se puede considerar una de las mejores películas de estos hermanos realizadores, “No country for…” es una novela de Cormac McCarthy transformada en filme. Un pedazo de película que te deja helado y apesadumbrado una vez que terminas de verla. El mérito está en el ritmo, en cómo contar una historia que saber puede acabarse y esperas algo de alguna manera, y ese algo llega, como cualquier otra cosa: hecho un ovillo en el medio de los dedos de aquel que busca la libertad y encuentra lo más cercano posible al deseo.

Josh Brolin encarna a Llewelyn Moss, quien en medio de una de sus tantas cacerías se topa con los resultados de un ajuste de cuentas de carteles mexicanos de la droga. Encuentra dinero, siempre bienvenido, y decide tomarlo. Entonces los grandes jefes envían a alguien un tanto desequilibrado a que lo encuentre: Bardem.

Ganador del Globo de Oro, Javier Bardem se planta en medio de la narrativa cinematográfica como un huracán capaz de acabar con todo y al que hay que tenerle cuidado. El movimiento de la película es gracias a él. La sostiene, hay toda una narrativa del asesino que atrapa y seduce. Sabes lo que va a hacer y ya no hay que mostrar nada más. Anton Chigurth es simplemente un personaje que pocas veces se consigue ver con tanta presencia.

Tommy Lee Jones es el sheriff Ed Tom Bell quien busca respuestas, pero no suda mucho para conseguirlas. Están ahí, no para descubrir lo que quiere, sino lo que puede. Esa ineptitud de la vida de encontrar caminos por donde no hay trazos. La vejez, de ahí el título y la genial consideración de que esto que pasa no tiene una sincera explicación y quizás no sea espacio para alguien como él, la experiencia es cada vez menos necesaria, el viejo sabueso pierde el olfato. No hay espacio para él.

La película es un paseo por premisas que de seguro suenan a común denominador, pero ahí está, dando la vuelta el asunto, la precisión, la moneda (la vida es una moneda, dice Fito) que da vueltas y determina las cosas. Y sí, después del lugar común vienen las secuencias, la fotografía opaca y descifradora de violencia. La moneda cambia de forma dependiendo de las acciones hechas, todo se transforma y así el filme salta, se siente más entero y capaz de dejarte con esa sensación de desamparo necesaria para jugar a la vejez, a lo que viene luego de la experiencia. A ese asesino cruel que no tiene reparo, el ángel de la muerte, esa experiencia que aniquila.

No es un mundo para los que lo han vivido… ¿para qué la vejez?… hacía mucho que una película no me dejaba pensando en ella tanto.

6 comentarios en “Las palabras de Cormac, la boca de Javier, los ojos de los Coen

  1. Anónimo, Chigurth es ese huracán en las pantallas de los satélites. Esa gran mancha que sabes que va a destruir todo con su presencia…

  2. Anónimo, Chigurth es ese huracán en las pantallas de los satélites. Esa gran mancha que sabes que va a destruir todo con su presencia…

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