Los que se van

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La novela lo desentraña en una de sus páginas: “No había sido la tierra la culpable, no eran las oportunidades, era el simple ciclo interior que se perfila en cada ser humano en un momento de su vida y le pide a gritos el ritmo de otra tierra, de un paisaje diferente, de grupos inusitados de seres humanos que le permitan creer en otras posibilidades, para la que no ha sido diseñada ninguna habitación en la casa que lo ha visto nacer, y en la que siempre se ha sentido a solas. A esas alturas no había soledad a la que temer, bien podía tratarse de una ilusión…”

El acto del viaje, de la traslación, de ir de un lado al otro por una necesidad que supera lo que puedas comprender como propio. En ‘El Desterrado’, primera novela de Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969), la historia de los Dalbono y sus circunstancias ‘políticas’ específicas son las principales excusas para, en el fondo, reconocer que en una sola narración se puede no sólo jugar al rechazo a un régimen totalitario (no desde la rezonguera, sino desde la intromisión de los individuos, los seres humanos, en medio de sistemas inhumanos), sino a la comprensión de que el ser está siempre, no importa la edad, la época, o el lugar, en la búsqueda de su existencia.

En cierta manera es un libro de existencias. Y no confundir eso con un libro existencialista.

El paso de las existencias de varios personajes crea una sola rejilla. Y es en esa rejilla que todo se confunde. Por eso la necesidad de búsqueda de existencias, incluso las truncas. Todo es una consecuencia. Todo en ‘El Desterrado’ es una consecuencia. Y quizás eso se a lo mejor el eje del destierro. Las consecuencias de acciones propias y ajenas (la escena en la que jóvenes fascistas están obligando a un niño a saludar la bandera del fascio es a la vez cruenta y determinante) provocan los deseos. Los estructuran como armas de supervivencias.

Y esos destierros no son estrictamente físicos. Por eso no dependen de la tierra, sino del individuo, de lo que hay en sus necesidades.


Ambientada en Italia, quizás en un momento duro de la historia política de Italia (en buena parte de la novela) con un Mussolini en el poder, la novela ejerce su atracción por la necesidad de contar pedazos de vida que no le corresponde a un latinoamericano. ¿O si? ¿Qué le corresponde a un autor de Sudamérica? Pues narrar lo que le dé la gana, nada más y nada menos. Es mucho más que la simple utilización de los escenarios, es quizás la búsqueda de una certeza en la vida, y en ese sentido entender que el ser humano lo es, no importa de dónde venga y dónde vaya. A Leonardo se lo ha criticado mucho por su defensa de otros espacios para literaturizar en el país. Claro, críticas obvias y que no valen la pena responder en un Ecuador que ha buscado ensimismarse. Eso es otra historia.

La realidad es que no importa desde dónde cuentes las cosas, sino lo que consigues, la finalidad de un discurso literario que se centra en seres que quizás representen algo, pero a la larga es en la lectura que adquieren ese cuerpo necesario. ‘El Desterrado’ es la novela que me hizo sentir el mismo escalofrío que me produjo ‘Los Detectives…’ y ‘Auto de fe’ de Canetti… y eso para mí es suficiente para decir que busquen esta maravilla de obra.

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