Two and a half man

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En estas dos semanas las disputas entre dos personas por lo que se supone el control y el servicio en Guayaquil ya parecen líneas o momentos de sitcom. El Presidente contra el Alcalde. La idea de país versus la entelequia de ciudad. Le proceso de reforzamiento del Estado enfrentado a la idea de las autonomías y del desarrollo de los gobiernos seccionales. El blanco contra el negro. Una lucha que busca un triunfador. ¿Quién ganará?

El sábado se llevó a cabo la ‘fiesta’ marcha por el año del Gobierno en Guayaquil. Miles de personas, no sólo de la ciudad, llenaron la avenida principal, la 9 de Octubre, esperando la llegada de Correa y de su discurso en celebración. Claro, inmediatamente (o un poco antes) las críticas que se hacen de un bando al otro: que se ha pagado a gente, que los empleados públicos son llevados a esas marchas… y las excusas de siempre (“la burocracia también es ciudadanía”, alguien dijo por ahí). El hecho es que miles de personas se reunieron en Guayaquil este fin de semana para celebrar el año del Gobierno y este jueves otra cantidad lo hará para apoyar al Alcalde Nebot. ¿La idea? En definitiva es ver quien la tiene más grande en Guayaquil.

La polarización se marca a fuego en Guayaquil. Cada vez que regreso a la ciudad para ver a mi familia me encuentro con comentarios que difieren muchísimo de lo que escucho en Quito. ¿Eso está mal? Eso simplemente evidencia las distancias que hay en un mismo país. ¿Se puede gobernar así? Se debería hacerlo. Esta vez, y a diferencia de otras peleas entre alcaldes y presidentes, ambos protagonistas son nativos de Guayaquil, lo que deja en claro esa polarización, que se ha visto acrecentada por la actitud de un Presidente que indudablemente busca minimizar el poder de un partido político de derecha, cuyo único bastión sigue siendo Guayaquil.

He ahí el enfrentamiento, que se ha visto englobado por un Alcalde que se ‘defiende’ con ‘madera de guerrero’ (la analogía absurda del guayaquileño). Sin embargo, cuando un Presidente acusa a la administración municipal de clasista y selectiva (que lo es) resulta un asunto problemático cuando es ese tipo de manejo el que ha ‘transformado’ la ciudad ante los ojos de muchos de sus habitantes. Desde luego, hay mucha gente en contra de la labor municipal (entre ellos me cuento), pero eso no me puede llevar a pensar en los deseos de la gente y sus aspiraciones. Personas que consideraba apolíticas hablan del asunto y se sienten engañados por el Presidente, quien no ha parado se hacer lo necesario para reducir el poder económico y político de un Municipio que ha sabido manejar el dinero para transformar en algunas áreas a la ciudad. ¿La excusa? Esa administración que se mueve con intenciones neoliberales y que no piensa en la inclusión, lo que sí hace el Gobierno… dividiendo una ciudad.

Tampoco hay que ser extremistas. Recuerdo una ciudad llena de basura cuando era niño, cuando no vivía en Guayaquil e iba de visita a la ciudad y veía todo un destrozo. Ha cambiado en cierta manera el orden, eso sí. Son casi 16 años en el poder del PSC. Pero lo hecho en esos 16 años no puede verse como un caballo de guerra, y tampoco se puede suponer que un cambio de administrativo será el acabose de la ciudad. Lo central desde el Gobierno es esa inequidad en la administración. En cambio, para el Municipio está en juego un sistema que ha permitido hacer lo que ha hecho (con cosas oscuras en el medio, no hay cómo verlo de otra manera).


Sin embargo, cuando se rechaza el reclamo de un sector de una población y se lo intenta ridiculizar, me parece atroz. El camino a la división está servido. Familiares y amigos que me aseguran sumarse a la marcha de Nebot, los escucho y me doy cuenta que quieren ejercer su derecho a manifestar su apoyo y afirmar que están de acuerdo con el cambio que se ha dado en Guayaquil. Yo escucho y sin darles la razón lo respeto. Por eso reacciono con desazón cuando un Presidente acusa a los que reclaman su accionar como ‘pelucones’, cuando no todos lo son. Sobre todo cuando ese mismo Presidente fue parte de una manifestación de una ciudad en contra de un ex Presidente, considerado nefasto por la clase media de Quito, y cuyo conjunto de personas se apropió el título de ‘forajidos’, que ese mismo ex Presidente les otorgó.

¿Hay diferencias cuando personas de una ciudad se manifiestan por sobre otra? Creo que ninguna, como concepto (aunque que un Alcalde te diga cuándo y dónde marchar sí que es medio fascista… lo mismo se puede decir de esa marcha –luego llamada fiesta- del Gobierno, ¿no?). En definitiva una masa homogénea que cree defender sus intereses y se transforma en caballo de batalla de algo suele ser la justificación de un manejo político en particular. Sino vean lo que pasó en Quito con los forajidos, quienes luego de exigir “que se vayan todos”, se contentaron con la expulsión de un Presidente (de manera no constitucional por parte de un Congreso que no era aceptado por nadie) y listo, los ánimos se calmaron. La política a continuación demostró ser lo mismo. La panacea momentánea, como lo que sucede por estos días en Guayaquil. Dos nacidos en sus calles, en diferentes sectores, enfrentados. Dos clases, frente a frente, y la misma costumbre de siempre, sólo que esta vez exacerbada, porque un Presidente ataca lo que medianamente funciona en la ciudad y eso no tiene porqué gustarle a algunos de sus habitantes.

¿Qué se puede hacer en esas circunstancias?

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