El ojo del sordo, la mano del ciego

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“One thing you can’t hide is when you’re crippled inside”
John Lennon

¿Qué es la discapacidad? A veces pienso que es la excusa para ser un hijo de puta. Eso es a veces. Otras veces creo que la discapacidad despierta en aquellos que no tenemos ninguna un instinto de complacencia y compasión que no es del todo real. Es simplemente la celebración por no padecer lo mismo. Nos regocijamos por no ser el otro y eso se manifiesta en cualquier espíritu de solidaridad emergente. No somos tan inocentes, ni tan puros.

Creo que la discapacidad física, de la cual estoy hablando (no existe manera humana de emitir juicios sobre un problema de deficiencia mental, que en sí es la salida maravillosa de Dios a la desastrosa experiencia de vida que tenemos), no es excusa ni razón para sentir piedad por alguien. El ser humano es lo que es, el que destruye a los de su misma especie, el que miente, el diabólico, etc., sin importar que le falte o le sobre una extremidad o un sentido. Y la bondad en ciertos individuos no es producto de la presencia o ausencia de alguna parte de su anatomía. Esos conceptos van más allá.

¿Que tienen una vida dura? Por supuesto. Pero creo que muchos tienen una vida dura, sin necesidad de tener una deficiencia física. ¿Que no hay que quejarse de la vida si ves a un cieguito feliz? Pues porque uno esté feliz con lo que tiene no significa que el resto de la raza deba pasarla igual. ¿Que hay que darles espacios de trabajo en empresas? Desde luego, ellos deben comer como cualquier persona, tienen gastos, placeres que consumar, ¿por qué no deberían trabajar? La eficiencia y capacidad no va de la mano de si puedes ver o hablar. Por eso que el Gobierno haga cumplir la Ley de Discapacitados y obligue a empresas a contratarlos, me parece fabuloso.

Y podría seguir enumerando razones, pero de eso no se trata esto.

Se trata de que ayer un sordo se subió al bus a vender plumas. Las entregaba y señalaba una pequeña leyenda escrita en un papel que decía que costaban 0,50 centavos de dólar. Nada de ‘ayúdame que soy sordo’ o algo parecido, sólo el precio y el sentido más práctico del comercio. Plumas, esferográficos, pen, como quieran llamarlas, a disposición de la mano para quien las quería. Y yo quería una y le compré. Me sonrío como un gracias y se fue. Ser sordo no es ser imbécil.

Pero también se trata de un ciego que subió al bus cuando regresaba a mi casa por la noche. Todos preocupados por él, yo observando. Se sentó a mi lado y balbuceó unas cosas que no entendí. Casi por una cuadra habló y yo me acercaba para ver si entendía y nada. No podía hacerlo. Permanecí observando la ventana, pensando en aquello que iba a escribir por la noche. El cierre de un cuento sobre un asesino que decide enfrentarse a la imaginación y así descubrir certezas. El ciego se me acerca y esta vez pronuncia con claridad: ¿Es este el jardín?, haciendo referencia al Centro Comercial El Jardín, donde sospeché que se debía bajar. Entendí que si bien no podía ver, había recorrido la distancia con la mente y le respondí afirmativamente. No recuerdo si dijo gracias, pero sí lo recuerdo acercándose y bajando su mano, ponerla bajo el asiento, dirigirla al reverso de mi muslo derecho y empezar a tocarme, de arriba hacia abajo, en una caricia que sólo uno de los seres más bajos pueden intentar. Quise levantarme y golpearlo mientras lo hacía. La gente estaba observando hacia el frente, él y yo estábamos al frente. Pensé inmediatamente en la condición permisiva, en la ‘vida dura del cieguito’, en que por faltarle ojos se había convertido, casi por intervención divina, en un ser sin mancha pecaminosa. ¿Cómo podía golpear a un ángel del Señor?

Se detuvo, me contuve. Agarró sus cosas y empezó a levantarse. Antes de salir del asiento pasó su mano nuevamente por el mismo lugar, quizás buscando otro pedazo de mi cuerpo para identificar. Esta vez fue menos tiempo. Mi indignación fue mayor, pero entendí que no podía hacer nada. Dios escupe en la cara y hay que decirle gracias.

Pensé en que quizás no era la primera vez que lo hacía, pensé en la justificación de su ceguera acariciando a mujeres, o quizás a niños que no se sorprenden como yo, sino que se asustan. Pensé en su mano tocando a alguna adolescente, cuyo único error habría sido sentarse junto al cieguito, quien de seguro no puede ser culpado de nada porque no tiene ojos para ver las faltas, ni la podredumbre de la humanidad.

Por eso no puedo sentir compasión por un lisiado o discapacitado. No soy culpable de su situación, ni me interesa saber por qué está así, salvo que sea mi amigo y tenga la curiosidad. Prefiero apostar por los individuos, más allá de su fisonomía o de si tienen una tetilla más en su pecho. La virtud angelical del ser humano no es inversamente proporcional a la falta de miembros o sentidos. Y es asqueroso pensar que hay muchos que justifican sus acciones con recursos tan bajos, cuando lo único óptimo en esos casos en ser Charles Bronson en Death Wish y acabar con basuras como esa, y que no lo vean venir.

8 comentarios en “El ojo del sordo, la mano del ciego

  1. Estoy de acuerdo contigo.

    Pero no en la parte final:
    “Por eso no puedo sentir compasión por un lisiado o discapacitado. No soy culpable de su situación, ni me interesa saber por qué está así, salvo que sea mi amigo y tenga la curiosidad”.

    Creo que sí hay dificultades y olvidos a sectores y que por lo menos debemos estar pendientes(en la medida que querramos), no olvidando, como has dicho, que son personas iguales que nosotros (que seguramente no necesitan de la compasión fofa y momentánea que muchas veces podemos darles creyendo que les hacemos un favor, o la inversa, como ya has contado en el caso del ciego).

    Hay una tira cómica de Dilbert con un buen final (su cartera la aspira) para una viejita que se adelante la fila del Supermercado y busca pagar con monedas.

  2. Estoy de acuerdo contigo.

    Pero no en la parte final:
    “Por eso no puedo sentir compasión por un lisiado o discapacitado. No soy culpable de su situación, ni me interesa saber por qué está así, salvo que sea mi amigo y tenga la curiosidad”.

    Creo que sí hay dificultades y olvidos a sectores y que por lo menos debemos estar pendientes(en la medida que querramos), no olvidando, como has dicho, que son personas iguales que nosotros (que seguramente no necesitan de la compasión fofa y momentánea que muchas veces podemos darles creyendo que les hacemos un favor, o la inversa, como ya has contado en el caso del ciego).

    Hay una tira cómica de Dilbert con un buen final (su cartera la aspira) para una viejita que se adelante la fila del Supermercado y busca pagar con monedas.

  3. nada nada, bien que tu fantasía que es que un ciego te ponga la mano en el huevo y te haces el digno, fascista milico de American Beauty.

  4. nada nada, bien que tu fantasía que es que un ciego te ponga la mano en el huevo y te haces el digno, fascista milico de American Beauty.

  5. Anónimo, en realidad mi fantasía es que imbéciles sin nombre comenten las cosas que escribo…

    Y sí, soy tan fascista como para dejarle comentar lo que le da la gana.

    Saludos

  6. Anónimo, en realidad mi fantasía es que imbéciles sin nombre comenten las cosas que escribo…

    Y sí, soy tan fascista como para dejarle comentar lo que le da la gana.

    Saludos

  7. Mega, quizás escribí mal la idea. Nunca he creído en el olvido como estrategia de vida. El olvido genera esa ‘mala distribución’ de la que muchso se quejan, no importa su tendencia ideológica (siempre nos quejamos, es la única constante). En realidad es un asunto de tener siempre presente las certezas, ciertas precisiones en momentos que nos permitan movernos y elaborar mejores sistemas de vida. Y para eso es necesario tener todo en perspectiva. No hay que olvidar

    La compasión gratuita, tal como lo señalas, es una aberración que va más allá de un problema real: la falta de inclusión social o la falta de oportunidades o el hecho de que el mundo esté ‘fabricado’ para personas con 5 sentidos. Es triste, pero real.

    En ese sentido se pueden hacer mejoras para que no se sientan mayores diferencias, pero nada más. El desarrollo de los individuos, en última instancia, dependerá del individuo.

    Insisto con eso de que la bondad no se mide en función de los sentidos o miembros que te falten. La dignidad del ser es otra cosa. Mi punto está en que la compasión o la caridad no pueden ser convenciones sin significación. Deben tener su sustento, más allá de la pena.

    En definitiva si estamos como estamos es por toda la pasión que derramamos en nuestros calvarios.

    Saludos

  8. Mega, quizás escribí mal la idea. Nunca he creído en el olvido como estrategia de vida. El olvido genera esa ‘mala distribución’ de la que muchso se quejan, no importa su tendencia ideológica (siempre nos quejamos, es la única constante). En realidad es un asunto de tener siempre presente las certezas, ciertas precisiones en momentos que nos permitan movernos y elaborar mejores sistemas de vida. Y para eso es necesario tener todo en perspectiva. No hay que olvidar

    La compasión gratuita, tal como lo señalas, es una aberración que va más allá de un problema real: la falta de inclusión social o la falta de oportunidades o el hecho de que el mundo esté ‘fabricado’ para personas con 5 sentidos. Es triste, pero real.

    En ese sentido se pueden hacer mejoras para que no se sientan mayores diferencias, pero nada más. El desarrollo de los individuos, en última instancia, dependerá del individuo.

    Insisto con eso de que la bondad no se mide en función de los sentidos o miembros que te falten. La dignidad del ser es otra cosa. Mi punto está en que la compasión o la caridad no pueden ser convenciones sin significación. Deben tener su sustento, más allá de la pena.

    En definitiva si estamos como estamos es por toda la pasión que derramamos en nuestros calvarios.

    Saludos

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