Mailer, el ‘poser’ y el movimiento del piso

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La ligazón es inmediata, al menos para mí. He intentado durante muchos días escribir algo sobre Mailer, pero se me ha hecho complicado. Quizás porque he leído poco sobre él y porque mis sentimientos encontrados sobre eso que llaman ‘nuevo periodismo’ o nueva forma de hacer periodismo me han tenido al borde de la azotea. No lo sé, el asunto es que he preferido dejarlo para hoy, sobre todo cuando pienso en las distancias que hay entre el acto de la escritura, entre aquellos deseos y necesidades abismales por narrar lo no narrado antes, convertirse en pieza de colección y eso que simplemente es contar algo.

Creo que hoy en día es lo más gratificante de todo. No todo tiempo pasado fue mejor.

Y así pienso en Mailer, en su rostro de chico genio en lo literario, que con sólo 25 años escribió ‘Los desnudos y los muertos’, y que ganó dos veces el Pulitzer, y que fue figura periodística junto a otro grande y ‘èticamente reprochable’ periodista como Truman Capote. También pienso en el dato que encontré por ahí, que apuñaló a una de sus esposas en plena borrachera o que alguna vez afirmó que las mujeres tomaban pastillas anticonceptivas por odio a los hombres, entre otras ‘perlas’…

Eso sí, buscó escribir la novela norteamericana por excelencia. Y eso llamó mi atención. ¿Por qué? ¿Cuál necesidad? ¿Es la necesidad que todavía se encuentra? Creo que no, no existe tal deseo de regenerar o transformar un algo, sino contar algo. El ego, en esta época de inmisericorde virtualidad no es más que una manifestación de eso que no existe, el metaego, probablemente el término se acuñe mejor.

Por eso es que cuando leo eso de la novela norteamericana por excelencia y una frase de Mailer, que reproduce Camilo Vanegas en Clave Digital, me llega el verdadero sentido de todo esto y de la imposibilidad por hablar del tema, esa reticencia asesina: “Yo: la máxima palabra del siglo veinte. Si existe una sola palabra que nuestro siglo haya sumado a la potencia del lenguaje, esa palabra es yo. Todo cuanto hemos hecho en este siglo, desde proezas monumentales hasta pesadillas de destrucción humana, fue siempre en función de ese extraordinario estado de la mente que nos autoriza a declararnos seguros de nosotros mismos cuando no lo estamos”.

Esa seguridad insegura es tan clásica en el ámbito de la literatura. Sobre todo con los autores transformados en espectáculo, y más allá en seres de arrogancia bárbara que consiguen hacer de sus intervenciones un acto desproporcionado, quizás ignorando una de las mayores enseñanzas de Faulkner: dar pocas entrevistas (resguardarse, en definitiva). No sé, quizás es mejor así.

Y ese ‘yo’ es el que nos vuelve personajes o verdaderos ‘impersonators’ en medio de esta necesidad de ser un alguien o un algo, aparecer en fotos sosteniendo el mentón con la mano o algo parecido. Hay muchos que buscan ese acto de ser un ‘ser’, una existencia más allá de la propia. El ego arranca todo y bueno, simplemente hay que reírse y dejarlo pasar. De todo hay en el zoológico.

Pero el problema es cuando la arrogancia se transforma en la medida de las cosas y aparece el pedante. Enrique Serna, en un artículo publicado en Letras Libres en el 2001 escribe: “el pedante es un maestro inoportuno que infantiliza a su auditorio, pero ante todo es un falso pedagogo, pues se jacta de lo que sabe sin quererlo enseñar”. Y luego tomo el suplemento comercial de la librería Librimundi, de octubre pasado, y leo la entrevista que le hacen a Javier Vásconez, el autor que con más ahínco me lo han referido como un ser pedante. Me da risa recordarlo, porque no creo que haya escuchado frase sobre él que no inicie con esa palabra. Me acerco a la entrevista y me doy cuenta por qué:

“Te han calificado como el cronista de la aristocracia quiteña…
Es evidente que quien dice eso no ha leído mi obra. (…)

Pero los personajes aristocráticos son muy fuertes correlacionados con los personajes populares… son más personajes.
Bueno,, esa es una apreciación tuya. (…)”

Y si bien eso no dice nada de su obra, ni desmerece su calidad como el gran escritor que es, creo que está muy distante de lo que se intenta ahora y por eso cuando leo la Gatopardo de octubre y encuentro textos sobre el encuentro de los 39 en Bogotá, respiro tranquilo, porque ya no es asunto de creerse más o menos, de despreciar o no la lectura u apreciaciones del lector (ahí está el secreto, en la mala lectura, en la posibilidad de que las palabras se conviertan en otra cosa y así, por añadidura, vencer el ego, sea cual fuese su origen), sino de dejar de lado la aseveración de Mailer y cualquier intento de pedantería soez y cuestionarte “por qué fue en este encuentro y no en otros donde todos nos entendimos; los que normalmente competimos por tener la razón, el auditorio de nuestro lado, los reflectores. Y sólo descubro una razón: nadie cree que esto lleve a la posteridad”, como escribe Fabrizio Mejía en la revista.

Y hoy que la tierra tiembla, literalmente, en el continente, y pienso en mis amigos de Clap en Chile… los pienso y espero que estén muy bien, me queda esa certeza de que ya no hay mucha más necesidad que vencerse y escribir. Aceptar la mala lectura y vivir sin el miedo a la no eternidad, para no caer en eso que Bukowski escribió en Los Escritores:

“—¿Por qué lo leen? ¿Por qué compran sus libros?

—Es por el estilo simple que tiene. Esa falta de profundidad les da confianza.

—Bueno, a nosotros nos recordarán 100 años después de que él haya muerto…

—PERO ¿NO TE DAS CUENTA? ¡AHORA LAS COSAS SON DISTINTAS! ¡ES POSIBLE QUE PARA ENTONCES EL MUNDO HAYA VOLADO EN PEDAZOS! ¡NO SEREMOS APRECIADOS NUNCA!”


Las poses pueden tener vida eterna, eso sí.

4 comentarios en “Mailer, el ‘poser’ y el movimiento del piso

  1. Excelentes reflexiones, Eduardo. Me ha gustado ea referencia sobra la palabra “yo”. En efecto, en ella y sobre ella se crean todos las paradojas del ser humano.
    Saludos

  2. Excelentes reflexiones, Eduardo. Me ha gustado ea referencia sobra la palabra “yo”. En efecto, en ella y sobre ella se crean todos las paradojas del ser humano.
    Saludos

  3. No me quedo con ningún libro de Mailer, sí con A sangre fría de Capote. Su obra fue demasiado ambiciosa. Es una obra expansiva antes que profunda. En La canción del verdugo reconozco una de las mejores historias de amor escritas en Norteamérica.

  4. No me quedo con ningún libro de Mailer, sí con A sangre fría de Capote. Su obra fue demasiado ambiciosa. Es una obra expansiva antes que profunda. En La canción del verdugo reconozco una de las mejores historias de amor escritas en Norteamérica.

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