Dos… mil en la ciudad

A veces hay muchas cosas que hacer en la ciudad, tantas que tienes que doblarte (o desdoblarte, tal como lo ha demostrado Jorge Luis Pérez, convertido en mi otro yo)… o simplemente contar bien el tiempo y organizarte con actitud militar y hacer que todo entre en un cronograma.

Ayer no fui a Cero Latitud, el festival de Cine que hay en Quito. Simplemente porque no tuve tiempo, porque preferí ir a otro lado. Byron Rodríguez lanzó su segunda novela, ‘La guerra de la funeraria’, que narra el golpe de estado frustrado del 31 de agosto de 1975 a su tío, el entonces presidente, Gnrl. Guillermo Rodríguez Lara. Y vaya que la cita tuvo una gran y considerable asistencia, en la Casa de la Cultura. Claro, formalidad ante todo y espectáculo de saco y corbatas. Los lanzamientos son siempre espacios interesantes, pero en realidad no son actos que reflejen con fidelidad lo que es la obra así que siempre los he contemplado como lo que son: show y espectáculo. Y esa mirada se transforma en algo divertido.

Más allá de eso, Byron convocó a sus amigos (entre los que me cuento… su amistad es una de las experiencias que rescato durante mi estadía en diario El Comercio), colegas, familiares y gente interesada en la literatura en un acto que contó con la participación de Iván Oñate como presentador de la novela. Oñate, desde mi perspectiva, ubicó temporalmente a la novela en una escritura que hoy suena a añeja, cosa que no creo que sea así, no del todo, tomando en cuenta la anterior novela de Rodríguez, la genial ‘Bestiario de Cenizas’. Así, con términos como realismo mágico, referencias a McLuhan (digo, ¿no hay nuevos teóricos de comunicación a los que se pueda nombrar?) al estructuralismo y otras, no fue lo más acertado de la noche. O quizás sí, si tomamos en cuenta que el auditorio en su mayoría era adulto. No lo sé, el punto es que en realidad la perspectiva literaria no puede renovarse al no renovar los conocimientos. Las lecturas cambian y hay que darle espacio a nuevos temas y posibilidades. ¿Hablar del narrador como ente justificador de la acción? ¿Hacerm comparaciones con ‘Cien años de Soledad’ o ‘Rayuela’, obras monumentales, pero que ya tienen mucho recorrido? Es un asunto de cansancio, agotamiento por una perspectiva que nos condena a una suerte de ostracismo.

Pero la novela busca trascender esos espacios. Byron leyó dos fragmentos tan graciosos como exquisitos, en los que relata momentos en los que estudiaba en un colegio militar (y claro, la comparación inmediata es con ‘La ciudad y los perros’, y caigo en lo mismo que reclamo), en los que mezcla la ficción con personajes reales, presentes en la sala, sus ex compañeros. Cabe aquí otra reflexión, que luego de leer el libro la extenderé. La novela narra un hecho histórico, lo ficcionaliza, pero la recomendación dada por Hernán Ramos, editor de El Comercio, fue acercarnos a la obra para conocer la historia de Ecuador. ¿Qué pesa más? ¿Puede hacer eso una obra literaria? ¿Lo debe hacer? Lo que me queda es la aclaración que hizo Byron cuando tomó la palabra: Un hecho que se narra en la novela tuvo una conclusión distinta. Ergo: la ficción gana.

Luego los saludos, el brindis, la música. La gente que buscaba la manera de acercarse a Byrpn y saludarlo. Yo no pude, demasiada gente, demasiado ‘stardom’, sólo alcancé a alejarme e ir a otro rumbo. La noche todavía continuaba.

La Caro ‘Huevo’ y la Prisci (the french one) me dieron acogida en su vehículo, mientras esperaba que Miss Kauffman llegara y entrar a un lugar conocido como El Aguijón, para el concierto de Mamá Vudú y amigos (y créanme, tocaron muchos amigos del grupo). Con las dos señoritas haciendo tiempo nos sentamos a comer algo, alrededor de motos, gente que iba de arriba abajo. La ‘zona’, la Mariscal, es un sitio que cada vez me impresiona. Puedes encontrar calles atestadas como mercados de Calcuta, vehículos en las veredas, personas atiborradas de abrigos y chompas para que el frío no repercuta en la diversión. Plazas con bares y restaurantes que te reciben en la noche, taxis buscando víctimas, peleas en esquinas, alcohol, un tipo que parece Gollum que te vende droga, de la manera que sea, compradores de Gollum, fotógrafos que eternizan la diversión y te cobran dos dólares por la fotografía. Vida nocturna, extranjeros desesperados, lluvia que cae y huele a sexo… me siento poeta de cuarta…

Luego vino El Aguijón. Entras, te revisan, te ponen un sello en la mano y ya. Dejas tus abrigos en un closet bien custodiado y avanzas. Se llena rápidamente, gente que no conoces, gente que has visto, gente que estimas y gente que no te estima y que te miran como si fueran a apuñalarte. Miss Kauffman a un lado, esperando el show, bebiendo cerveza y vodka. Los músicos llegando y saludando a todos. El movimiento a la tarima, se acerca el espectáculo, llegan más gente y principio de Arquímides: nosotros que estábamos cerca del escenario terminamos casi a la mitad de la pista. Salimos luego de que un humanitario rastafari empezara a entrar y golpear a todos. Mejor lo vemos desde el fondo. Juego de billar, el grupo sonando, no es un buen sonido el que se consigue en el lugar. Amigos por ahí, Diego Cazar y Edwin Alcarás, poetas, narradores y locos por los libros (my kind of blue). Martín y Lola también a un lado, casi de la familia. Ana y Silvia, amigas de mis amigos son mis amigas.Penny Lane is in my ear and in my sight… trying to kill me, by the way. Risas con Miss Kauffman, la naturaleza sangre de la confianza y la naturaleza de la naturalidad más obvia. Love is like a normal day, love is you, you and me.

La música deja de ser el alimento del alma y te das cuenta que la noche debe acabarse alguna vez. El final no marca el cierre, sino el inicio y cuando sales hay mucha gente alrededor, buscando el carruaje. Porque hay que llegar a algún lado, todos quieren llegar a algún lado aunque tengan la A de anarquía dibujada en las camisetas.

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2 comentarios en “Dos… mil en la ciudad

  1. Las noches que agotan suelen haber tenido episodios interesantes. Pero cuando la prisa por terminar , o
    empezar espolea sin tregua algo se ha roto definitivamente en el deseo de la noche. Dormir suele ser un buen sucedáneo de todo aquello que pensábamos vivir.

  2. Las noches que agotan suelen haber tenido episodios interesantes. Pero cuando la prisa por terminar , o
    empezar espolea sin tregua algo se ha roto definitivamente en el deseo de la noche. Dormir suele ser un buen sucedáneo de todo aquello que pensábamos vivir.

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