Balance a un festival y a una escritura

Revisando el excelente blog de Víctor Vallejo (que a veces lo tiene abandonado y uno quisiera que ‘posteara’ más) doy con un artículo escrito por Margarita Valencia y publicado en la revista Semana, de Colombia, en la que se hace un balance completo de los invitados al Encuentro Bogotá 39.
Me interesa el hecho de que alguien haya podido, como asegura Valencia, leer a la mayoría de los autores invitados y salir adelante con una opinión sobre algunas de esas obras. Claro, el éxito en todos esos criterios será opción de comprender que la lectura es una instancia de dejarse llevar por uno mismo y sus intereses. Entonces, una versión de obras es siempre un acto de reconocimiento de quien la emite.

En este caso, la versión de Valencia revitaliza la obra de las mujeres invitadas, de las que destaca en un párrafo Gabriela Alemán, de quien dice: “María Gabriela Alemán (Ecuador, 1968) también se siente muy a sus anchas en el escabroso mundo del sadomasoquismo, alrededor del cual arma una novela policíaca sólida y creíble. Y a pesar de que se pierde en la historia secundaria (un padre alcohólico con un oscuro pasado nazi), describe con tino el medio universitario en el que se desarrolla la trama, tan sórdido como el ambiente de perversiones sexuales debidamente aderezado con el discurso académico acerca del deseo”.

Pero también revisa a una serie de narradores que al ser desconocido para muchos lectores debido a que si bien cada vez estamos más conectados, pero menos publicados en el resto de los países de la región, resultan ser escritores que uno quisiera tener en su mesa de noche. Claro, algunos únicamente deben ser adquiridos en la librería y ya. Se acabó el problema. Como por ejemplo Alejandro Zambra, un chileno autor de Bonsái (recomendada por muchísimas personas) y La vida privada de los árboles. Valencia escribe: “Zambra cuenta historias complejas y seductoras sin muchos aspavientos, y es contenido y preciso; registra minuciosamente, como en un documental a la manera de la National Geographic, la vida emocional de sus personajes”… Bueno, después de estas palabras creo que me la pensaré dos veces antes de leerlo.

Más allá de lo que cada autor invitado al Encuentro escribe, el artículo de Valencia intenta explicar o definir los elementos en conjunto, para tratar de definir lo que es una generación (a veces una empresa inútil). Y la palabra central en esta definición es: miedo. Escribe: “La preocupación política que permeaba (y también moldeaba y deformaba) la literatura latinoamericana desde sus orígenes empezó a desdibujarse en la narrativa de finales del siglo XX, reflejo del desencanto y una cierta indiferencia o cinismo que reemplazaron el activismo de los sesenta y los setenta.

‘En gran medida –escribió Bolaño (el hermano mayor)-, todo lo que he escrito es una carta de amor o de despedida de mi propia generación, los que nacimos en la década del cincuenta y los que escogimos en un momento dado el ejercicio de la milicia, en este caso sería más correcto decir la militancia, y entregamos lo poco que teníamos, lo mucho que teníamos, que era nuestra juventud, a una causa que creíamos la más generosa de las causas del mundo y que en cierta forma lo era, pero que en realidad no lo era’.

Los jóvenes protagonistas de las novelas de los sesenta y setenta, como los de ahora, se reunían en bares y fumaban y bebían y, si tenían suerte, se iban a la cama; los protagonistas jóvenes de las novelas del siglo XXI además fuman marihuana o se chutan o inhalan cocaína con más desvergüenza que los de los setenta (…) La patria, por supuesto, desapareció y fue reemplazada por el barrio (…), lo artistas de comienzos del siglo XXI son desempleados que se preocupan por el arriendo del mes entrante, cuando no tienen que cuidar de una generación de padres que nunca maduró…

De allí la justeza de la apreciación de Bolaño cuando escribe: ‘¿De dónde viene la nueva literatura latinoamericana? La respuesta es sencilla. Viene del miedo. Viene del horrible (y en cierta forma bastante comprensible) miedo a trabajar en una oficina o vendiendo baratijas en el paseo Ahumada. Viene del deseo de respetabilidad que sólo encubre al miedo’”. El paréntesis es mío.

Y luego de esto no me queda más que cantar ‘The Smiths’ y decir: “I was looking for a job and then I found a job/ and heaven knows I’m miserable now” (Estaba buscando un trabajo y encontré uno/ y el cielo sabe que me siento miserable ahora)… Sí a la larga por ahí viene el asunto, ¿no?

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