Palabras desde el trabajo simple del escritor

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La sección cultural de La Nación se mandó un ‘poroto’ el pasado 14 de septiembre. Como lo anunció Iván Thays en su blog, el espacio estuvo dedicado a un autor del que ya he hablado algunas veces, incluso hace unos cuántos posts. Haruki Murakami habla desde Hawai, donde escribe, descansa, hace atletismo, escucha música y se dedica a leer. La vida tan ordinaria que explica la posibilidad de la literatura. Y en medio alguien que busca la flemática huida perpetua a cualquier disposición de reconocimiento, que a la larga es tan sencillo conseguirlo (lo sostengo, lo más fácil del mundo es ser reconocido) y que para la creación se reduce a una simple y llana tontería.

La entrevista, firmada por Juana Libedinsky, empieza con una confesión interesante por la honestidad brutal explícita: “Tengo pánico a convertirme en una celebridad y tomo todas las medidas necesarias para que eso no ocurra. Nunca aparezco en la televisión, no voy a las fiestas -odio las fiestas-, no doy charlas, no tengo amigos famosos, no tengo amigos escritores, no aparezco en librerías para firmar mis libros, no uso Armani sino shorts y zapatillas siempre, y no dejo que me saquen fotos ni suelo dar entrevistas salvo casos como este. Como sé que las posibilidades de que tome elsubte en Buenos Aires son bastante escasas, no me importa volverme conocido allí. Pero lo que no quiero es que la gente me reconozca en el colectivo en Tokio o no poder ir a las tiendas de discos viejos en Estados Unidos (…) Nunca entiendo por qué los medios quieren saber de mí, porque la mayor parte del tiempo no me siento nada especial. Puede haber cierta magia cuando escribo, pero el resto del día soy nada más que un amante del jazz como hay millones por ahí”.

Ese simple trabajo de escritura que se explica por la necesidad básica de expresión y de contar historias. Murakami cuenta por qué se produjo su interés en lo literario y lo expone de la manera más sencilla y clara posible: “Estaba en un partido de baseball en Tokio, cerveza en mano, y al mirar al bateador pegarle a la pelota en una jugada clave y luego correr hasta la seguridad de la segunda base, me pasó por la cabeza la idea de que yo podía ser escritor. No se me había ocurrido antes. Con mi mujer regenteábamos un bar de jazz y como mucho había soñado con ser músico. Pero supe que podía hacerlo, solo que no tenía amigos con los cuales hablar de literatura ni nadie que me enseñase a escribir, así que tuve que basarme en lo que sabía, que para entonces era la música. Aún hoy, al sentarme frente al teclado de la computadora, pienso que estoy ante un piano y me pongo a tocar, y ya tres décadas después de haberme vuelto un escritor profesional, sigo aprendiendo mucho de la escritura de la buena música. Por ejemplo, todavía tomo la constante autorrenovación de la música de Miles Davis como modelo literario”.

La figura del jazz como proceso de creación no es nueva. Ya tenemos al gran Julio Cortázar refiriéndose a ella en muchas ocasiones, o incluso a Di Benedetto. La música es siempre importante para el desarrollo de una estructura narrativa. Desde el ritmo hasta la posibilidad de convertir a las palabras en expresiones de magia dramática y expresiva, en una referencia directa al sonido. La escritura es un proceso sonoro, de cierta manera y a medida en que escuchas la percusión de los dedo sobre el teclado empiezas a darle vuelta a la idea de la composición. Alberto Fuguet, otro de esos escritores que combina la música y el cine en su narrativa (no sé por qué le gusta a pocos cuando tiene una buena obra. Su libro de cuentos, ‘Cortos’, es una maravilla) consigue una mayor identificación con cierto tipo de lectores porque sus referencias son contemporáneas. La cultura popular es la mejor fuente de existencia de la vida como la conocemos. Y Murakami tiene mucho que decir sobre ella:

“Para mí la cultura popular, incluso la más comercial, es como una gran reserva natural de donde los escritores podemos tomar infinitos temas para establecer una comunicación directa con los lectores. Si yo tomo como título de un libro el de una canción de los Beatles, como en mi novela Norwegian Wood [en castellano, Tokio Blues ]), sé que a muchos eso les va a sonar y ya así se crea algún nexo entre nosotros. A la vez, la cultura pop es como el agua, y con algo tan simple como abrir la canilla podemos tomarla para nutrirnos. Es tan imposible escapar de ella, como del aire que respiramos. Todos comemos una hamburguesa de McDonald s, miramos la televisión o escuchamos a Michael Jackson. Es algo tan natural que ni siquiera nos paramos a pensar que todo eso es cultura. Por eso, si uno escribe sobre la vida en la ciudad -sea Buenos Aires o Tokio-, no incluir estas cosas sonaría falso. Supongamos que describo a una chica cualquiera que se despierta con una canción de Madonna y se va de compras al shopping , ¿qué tiene de especial eso? ¡Nada! Y justamente yo quiero que la gente sienta que lo que escribo no es forzado. Por eso tengo que colocar referencias a la cultura popular todo el tiempo. Y además, porque me gustan los Rolling Stones, los Doors, las películas de terror, los cuentos de detectives. No es que yo quiera escribir como quienes hacen la ficción más popular en cuanto a contenido, pero sí tomar las estructuras de la cultura popular y rellenarlas con cosas mías. El resultado es que ningún escritor me quiere, ni los que escriben novelas pasatistas ni los escritores serios. Yo estoy en un punto intermedio entre ambos, haciendo algo nuevo, pero creo que voy ganando territorio, porque los otros escritores no estarán de mi lado, pero los lectores sí”.

También confiesa su afinidad por la ficción propiamente dicha y ninguna situación que se extraiga de la realidad como fuente de la narrativa (eso tomando en cuenta que Murakami es también ensayista y sí tiene obra en este género que apela a situaciones de la realidad nipona y mundial), incluso llega a profesar su pasión por gente como Manuel Puig, probablemente por la misma razón que lo lleva a considerar la cultura popular como herramienta de creación. En ese sentido Puig es un mentor o padre para estas precisiones.

Y en una de sus últimas respuestas, Murakami reflexiona sobre el sexo y su función en la obra que intenta. Dice: “Escribo las escenas de sexo porque la actividad sexual nos ayuda a abandonar por un rato el mundo exterior y entrar en nosotros mismos. Es también una forma de comunicación y a la vez es algo festivo, que implica que hubo una historia detrás. Freud sostenía que todas las actividades humanas derivan del sexo. Mi entendimiento del tema es distinto, pero sí creo que el sexo es la puerta más común para entrar en las profundidades de la mente. Hay otras puertas, como la enfermedad mental o la creación, pero el sexo es la más fácil”.

Así el sexo se convierte en sinónimo de vida en medio de la invención de realidades, e incluso en respuesta a la misma vida. El acto de placer como respuesta al existencialismo que, por ejemplo, Lennon habló en ‘Instant Karma!’: “Why on earth are we here?/ Surely not to live in pain and fear”.

La obra de Murakami quizás sea lo mejor que cayó en mis manos en los últimos años.

10 comentarios en “Palabras desde el trabajo simple del escritor

  1. jajajajaja… yo creo que esa es, loco…

    Mi libro no lo vas a encontrar en ningún lado…. llámalo burrocracia en el banco central…

  2. jajajajaja… yo creo que esa es, loco…

    Mi libro no lo vas a encontrar en ningún lado…. llámalo burrocracia en el banco central…

  3. en serio? como así?…realmente si quiero leer tu libro.

    No he leído aún a Murakami, pero por lo que detallas es el tipo de lectura que atrapa enseguida, es difícil encontrar escritores sin pretensiones… y me gustó mucho eso de sentarse a escribir como en un piano… saludos..

  4. en serio? como así?…realmente si quiero leer tu libro.

    No he leído aún a Murakami, pero por lo que detallas es el tipo de lectura que atrapa enseguida, es difícil encontrar escritores sin pretensiones… y me gustó mucho eso de sentarse a escribir como en un piano… saludos..

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