Una canción de The Beatles y una mujer de ensueño

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Daniela ‘Edipa Maas’ me dijo hace poco que Midori Kobayashi es la mujer para enamorarse. Bueno, creo que me lo dijo, puedo estar elucubrando. La idea es que tiene razón, no existe otra manera de corresponderse cuando un personaje es tan bien escrito que uno espera que sea un ser que trascienda la ficción. O mejor aún, sientes que ha trascendido la ficción y la encuentras de cierta manera en alguna persona. Por eso es imposible no enamorarse de Midori Kobayashi, sobre todo cuando estás enamorado.

Me he demorado mucho leyendo ‘Norwegian Wood’ (llamada Tokio Blues en español, pero yo tengo la edición estadounidense), de Haruki Murakami y debo decir que es una de las joyas que me ha tocado tener entre mis manos. No sólo por ese extraño interés que tengo en la idea del suicido como hecho y constancia en la existencia de la humanidad, sino porque lleva el título de una canción que Lennon compuso y que la terminó junto a McCartney, en la que todo se reduce a la necesidad de cierto fuego para mantenerte con vida. Y así entiendes a los personajes que hay alrededor de la novela. Los que se dejan llevar por ese fuego para mantenerse con vida, y los que simplemente se dejan consumir y terminan llevando ‘el caño a su sien, apretando bien las muelas’.

Murakami hace de esta ficicón, enraizada en aparentemente ciertas vivencias personales (digo aparentemente porque es inevitable establecer las comparaciones, desde la edad de los personajes, hasta sus profesiones e incluso inquietudes. Aunque lo que predomina en ese criterio es el uso de la primera persona para narración), un acto de justicia para lo que significa vivir y buscar un sentido. Un sentido que sin duda llega y quizás de la manera menos impresionante, pero está ahí. Eso es lo que hace de ‘Norwegian Wood’ un hermoso trabajo.

“Por eso estoy escribiendo este libro. Para pensar. Para entender. Es que resulta que esa es la manera en que fui hecho. Debo escribir las cosas para sentir que verdaderamente las entiendo”, dice el personaje principal en el primer capítulo de la novela.

Hermoso porque Toru Watanabe, el protagonista, de alguna manera vive dolido, dolido porque sabe que tiene entre sus manos una existencia basada y signada por las ausencias. Kizuki, su mejor amigo de la adolescencia, se suicida a los 17 años, luego de pasar una noche de diversión con él, como si nada, jugando pool y haciendo lo que dos buenos amigos hacen. Naoko, novia de Kizuki, es el ser de los deseos de Toru, siente ese amor que está basado, también, en la ausencia y en la necesidad de protección. En sí, el acto de ser hombre, adulto y crecer. Pero no deja de ser ese deseo. Y en la búsqueda de conseguir que el deseo se convierta en certeza, Toru descubre cosas de él que quizás de otra manera, quizás sin caerse y sin sentir el dolor de las ausencias, no habría sido posible conseguir.

El crecimiento de Toru es el crecimiento del lector en una historia que no refleja una idiosincrasia japonesa de por sí. El acto de mayor justicia de Murakami es hablar desde el Japón de la vida del ser humano en cualquier parte del mundo. El crecimiento como un fuego, el mismo fuego al que hace referencia el tema de los Beatles, que es tocado en algunas ocasiones por el personaje de Reiko, que también trasciende las fronteras geográficas. El fuego de la canción no es inglés, es universal.

Midori, según una página que encontré por ahí

Ese fuego universal está en la búsqueda, en caerse y levantarse, en hacer de los recuerdos y las experiencias un acto de clarividencia, aunque sea con el tiempo. Ese fuego que está signado por el sexo, pero no como algo vulgar, ni moralmente reprochable, sino como otra manifestación de ese acto de crecer. El sexo como evidencia de vida, como certeza de ciertos procesos, contactos y manifestaciones más allá del simple cuerpo sobre cuerpo.

Y cuando ese contacto se da con la mujer de ensueño, la situación adquiere otro matiz. No hay mejor manera de ver las cosas como son que estar con la mujer que es para uno. Y encontrarla es el proceso de crecimiento más inadecuado y humano, en el medio tienes que revolcarte en cierta cantidad de estiércol, para que el acto de limpieza sea el más reconfortarte de todos. Midori está ahí para eso, para decir las cosas como son y enfrentar a Toru a la realidad. Ella, una mujer atractiva, inteligente, perspicaz y graciosa tiene que estar ahí para removerlo y hacerle entender que la vida es un acto de vida.

“¿Estás loco? Conoces el subjuntivo del inglés, entiendes trigonometría, puedes leer a Marx, pero ¿no conoces la respuesta a algo tan simple como eso? ¿Por qué tienes que preguntarlo? ¿Por qué tienes que hacer que una chica te diga esto? Me gustas más de lo que él me gusta, eso es todo. Desearía haberme enamorado de alguien más apuesto, desde luego. Pero no. Me enamoré de ti”, le reclama Midori a Toru en algún momento de la novela.

Y Toru se da cuenta. Trunca el viaje de búsqueda de sentido y sabe que debe existir algo más. Porque quiere a Midori y retorna. La llama: “Tengo un millón de cosas que contarte. Un millón de cosas de las que debemos hablar. Todo lo que quiero en el mundo eres tú. Quiero verte y hablar. Quiero que los dos empecemos todo desde el inicio”. Y aunque no interese lo que pase luego, llegar a reconocer la vida como vida y el acto de existir se trata de reconocer lo que uno es y darse el lujo de ser feliz, al menos alguna vez.

10 comentarios en “Una canción de The Beatles y una mujer de ensueño

  1. Otro de los grandes logros de esta novela (creo) es que termina donde debe terminar: Toru parece que ha encontrado el sentido a una parte de la vida, nunca se puede encontrar el sentido pleno, y tine que contar un millón de cosas a Midori. Pero todo se queda en la bruma de la incredulidad y el lector se queda solo para reflexionar.
    Y llevas razón: Midori es una mujer para enamorarse. Toru Watanabe, en cambio, es un ser muy incompleto e inconsistente. El contraste entre ambos hace resaltar a ambos, sin duda.
    Abrazos

  2. Otro de los grandes logros de esta novela (creo) es que termina donde debe terminar: Toru parece que ha encontrado el sentido a una parte de la vida, nunca se puede encontrar el sentido pleno, y tine que contar un millón de cosas a Midori. Pero todo se queda en la bruma de la incredulidad y el lector se queda solo para reflexionar.
    Y llevas razón: Midori es una mujer para enamorarse. Toru Watanabe, en cambio, es un ser muy incompleto e inconsistente. El contraste entre ambos hace resaltar a ambos, sin duda.
    Abrazos

  3. La última escena con Reiko, aunque necesaria, de alguna manera como que sobra. Creo que no puedo explicarme bien, pero de todas maneras es un libro excepcional. La imagen del osito aterciopelado me perseguirá por años.

    Saludos.

  4. La última escena con Reiko, aunque necesaria, de alguna manera como que sobra. Creo que no puedo explicarme bien, pero de todas maneras es un libro excepcional. La imagen del osito aterciopelado me perseguirá por años.

    Saludos.

  5. Manuela, exactamente… El final es quizás una de las mejores decisiones creativas que he leído en mucho, mucho tiempo.

    Un abrazo

  6. Manuela, exactamente… El final es quizás una de las mejores decisiones creativas que he leído en mucho, mucho tiempo.

    Un abrazo

  7. Hiscariotte, creo que la parte a la que haces referencia es quizás una de las más importantes de la novela. Al final del día es la sensaci´pn de vida de alguien que abandonço la vida y no necesariamente se mató. La única certeza que plantea Murakami ante el acto de estar vivo radica en el sexo…

    Un saludo para ti también

  8. Hiscariotte, creo que la parte a la que haces referencia es quizás una de las más importantes de la novela. Al final del día es la sensaci´pn de vida de alguien que abandonço la vida y no necesariamente se mató. La única certeza que plantea Murakami ante el acto de estar vivo radica en el sexo…

    Un saludo para ti también

  9. Me recordó la doctrina de Schopenhauer sobre el genio de la especie, sería bueno interpretar desde esa “óptica”.

    Saludos

  10. Me recordó la doctrina de Schopenhauer sobre el genio de la especie, sería bueno interpretar desde esa “óptica”.

    Saludos

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