Humor y moral desde las letras y el cine

Uncategorized

Tratar de jugar al análisis de la filmografía de Woody Allen puede resultar un ejercicio interesante, sobre todo cuando nos enfrentamos al hecho de que Allen no se autofagocita necesariamente, pues utiliza referentes de otras artes, quizás como ninguno, quizás entendiendo que la naturaleza creadora no es un acto de reconocimiento de lo que nos rodea en la inmediatez.

Vittorio Hösle
escribe en su ‘Woody Allen: Filosofía del humor’ no solo un tratado sobre lo que este director de origen judío ha intentando e intenta en su filmografía. Es también la posibilidad de comprender que el humor no solo es un espacio para la mera distracción (en ese sentido cualquier actividad humana funciona como esa certeza de alienación) sino para la misma expresión de lo humano, en el terreno de lo humano. Hösle lo reclama con cierta contundencia, contraponiendo la imagen del verdadero humorista a la de aquel que desde la risa sencilla cree estar generando la trascendencia necesaria: “… no hay más que leer las parábasis de algunas comedias de Aristófanes o el prólogo a Volpone o el Zorro, de Ben Jonson, para ver cómo la repugnancia ante el humor barato es esencial para los grandes cómicos. Les debemos mucho más de lo que normalmente se cree: la humanización de nuestros sentimientos”.

En sí el planteamiento de Hösle radica en que Allen es un trasgresor, que encuentra en su obra la posibilidad de jugar a aquellos que se convierte en el objeto de su transgresión: la vida como la conoce, la culpa y el remordimiento. Los grandes temas que dan la vuelta por la obra de Allen, sin duda, que llevan al autor a percibirlo como uno de los mejores lectores existentes de la novela rusa (especialmente Dovstoievski, algo que está por demás evidenciado en ‘Match Point’, donde Raskolnikov se convierte en un ex jugador de tennis convertido en empresario). “Se puede resultar cómico por no alcanzar las normas de la vida, pero cuando esa posición apunta a que se persigue algo superior a la vida, entonces se cruzan lo cómico y lo sublime, y a nuestra risa se le añade una nueva dimensión de ambivalencia”.

Esa transgresión está signada por algunos elementos explicados por el autor en su libro, editado por Tusquets, entre esos: “la inflación y su reverso, la deflación, la repentina yuxtaposición de algo trivial a algo sublime”. Y los ejemplos sin duda generan la risa suficiente para que aquellos que se encuentran alrededor de uno sientan la curiosidad necesaria para acercarse y preguntar: ¿Qué estás leyendo?

El autor del ensayo

“No sólo no hay Dios, sino que ¡intenta encontrar un electricista en un fin de semana!”. O la deflación más evidente cuando habla de los chistes sexuales, por ejemplo, cuando uno de los personajes de una película habla de su luna de miel: “Me pasé las dos semanas en cama. Tenía disentería”. O la carga moral implícita, que es una refracción de su interés por la culpa y el remordimiento, esa idea según la cual es muy importante contar con una moral definida, más allá de ciertos parámetros (incluso los estéticos), como lo demuestra en un diálogo de ‘Delitos y faltas’, que referencia Hösle: “Ella dice que si Hitler hubiera ganado la guerra él habría definido lo que era moral, y que no hubiera habido ninguna posibilidad de cuestionar su definición”.

Y es dentro de esa moralidad, de esa búsqueda de Dios como horizonte moral (la postura de Allen en sus filmes y obras ha sido de un marcado agnosticismo, por no decir ateísmo – en ‘Dios’, una de sus obras de teatro, Zeus muere ahorcado por una máquina que lo debe elevar por los cielos), que surge el dilema sobre la actividad del ser, la vida misma y la lucha por lo correcto. Allen sí que es un cineasta moral, lo hace en sus obras, sin necesidad de caer en los sermones. Y esa moralidad es la lucha por conseguir el espacio de lo propio, la identidad, sin afectar a otros, pero siendo uno mismo. Como sucede al final de ‘Zelig’, una joya. Ya curado de su condición mimética (más que nada para ser aceptado, otra visión artística sobre un asunto de moral humana), Leonard Zelig se encuentra de cierta manera libre, pero no siempre llegar a ese punto de paz significa el final feliz… Igual Zelig muere sin leer ‘Moby Dick’, uno de sus deseos.

2 comentarios en “Humor y moral desde las letras y el cine

  1. allen representa la otra cara de la soceidad norteamericana (o una de ellas), sus libros son jocosos e inteligentes, nada que ver con el chiste simplón. Él juega con la ironía. Como dato curiosos,en su época colegial, él practicaba deportes y, aunque es difícil de creer, era bueno en esa materia.
    saludos,
    juan

  2. allen representa la otra cara de la soceidad norteamericana (o una de ellas), sus libros son jocosos e inteligentes, nada que ver con el chiste simplón. Él juega con la ironía. Como dato curiosos,en su época colegial, él practicaba deportes y, aunque es difícil de creer, era bueno en esa materia.
    saludos,
    juan

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s