My big mouth (Vonnegut a veces es como Dios)

Ayer he leído dos cosas de corrido. Una, la entrevista que Peter Yang le hiciera a Kurt Vonnegut. Dos, el ensayo que me mandé para HERMANOCERDO sobre la invisibilidad de la literatura ecuatoriana en el mundo de publicaciones y lectores. Vonnegut es una especie de voz del Apocalipsis y del final, no hay otra manera de precisarlo. Conocí de su existencia por la película ‘Breakfast of Champions’ que me pareció una de las cosas más locas y encantadoras que había visto. De ahí por el título ‘Galápagos’ que encontré en una librería de Guayaquil hace tantos años (y que creo que nadie se atrevió a llevarse porque estaba incluida en la sección turística). La entrevista está publicada en la Rolling Stone de marzo de este año; en ella, Vonnegut aparece como un agnóstico humorista que no tiene miedo a decir lo que le da la regalada gana, porque al final de cuentas lo último que tiene un hombre son sus criterios (que esté o no equivocado es otro cantar) y mantenerlos es de grandes. En la nota se transcribe una carta que Vonnegut le escribiera a su padre, una vez que ya se había desencantado de la vida laboral y mandado al diablo a la corporación donde trabajaba:

“Querido papá:

Le vendí un cuento a Collier’s. Ayer en la tarde recibí el cheque (750 dólares, menos el 10 por ciento de la comisión del agente). Ahora parece que otros dos trabajos míos tienen posibilidades de ser vendidos en el futuro próximo. Creo que estoy en camino. Deposité el cheque en una caja de ahorros y si vendo más, seguiré haciéndolo hasta que alcance el equivalente de un año de paga de GE. Con cuatro cuentos más llegaría muy bien, con un poco de efectivo de más para gastar (algo que antes nunca tuvimos). Entonces sí voy a poder renunciar a este maldito empleo y no aceptar otro nunca más en la vida, si Dios me ayuda. Hace muchos años que no me sentía tan feliz. Con cariño…”


De ahí una frase contundente para hablar del acto que es estar aquí y ahora: “La vida no es manera de tratar un animal”. Alguna vez alguien que ya se fue me dijo: “La vida es la más peligrosa de las enfermedades de transmisión sexual”.

Luego leí mi propio desenfado. Mi bocota abierta en forma de ensayo que tuvo tantas otras versiones, más serias y académicas que me terminaron por aburrir. Por eso me fui por la tangente y hablé de la razón principal de por qué otros no nos leen: nos miramos el ombligo y nos maravillamos por esa perspectiva, tanto que en lo literario vemos el espacio para buscar identidad. Alguien usó la palabra: ‘autoexotismo’. Y ese término es el que encierra nuestra búsqueda de características en un ámbito que no debería estar sumido en eso.

Por eso es que me paso hablando y escribiendo toneladas de textos en los cuales preciso que la honestidad individual es el único valor a no transar cuando se trata de la narrativa (y por qué no de otras ramas de lo literario) y que va más allá de lo estructural o lo formal, incluso de lo que funciona como ideología en un colectivo. La ideología es parte del individuo y no al revés. La calidad es consecuencia de una gran individualidad y a la vez conciencia de que se está realizando una labor solitaria y honesta. ¿Por qué no somos visibles? Porque la honestidad no ha sido un valor a tomarse en cuenta en muchos escritores, la honestidad total y brutal, sin concesiones.
Por eso cometo el arbitrio de decir que no hay nada que nos haya hecho tanto daño como el realismo social (uuuuuu) o que la calidad de la mayoría de las obras, a lo largo de la historia, ha estado supeditada a intereses ideológicos, que la izquierda fracasó en lo político durante los 60 y 70 pero encontró en las artes su mejor manera de existir… bla, bla, bla. Por aquí está el link para que lo lean en la edición Número 14 de HERMANOCERDO… ¡Buen provecho!

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2 comentarios en “My big mouth (Vonnegut a veces es como Dios)

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