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Archivo del Autor: eduardovarascar

La batalla de lo inútil, sobre “La soga de los muertos”, de Antonio Díaz Oliva

imagen tomada de quepasa.cl

Sogas que caen desde el cielo. La imagen se sostiene con Allen Ginsberg en los bosques de Temuco y él es quien sentencia todo. Un Ginsberg drogado, en medio de un viaje de ayahuasca. Luego está Parra, Nicanor, una vez más personaje imponente. Es la ausencia. Eso que está y lo que se queda en un cuarto mientras afuera hay una fiesta. Y permanece como sentencia también, porque la poesía, en este universo fragmentado como retazos, hilos de algo mucho mas poderoso, tiene su justificación y sentido. La tristeza igualmente. Lo que se ha roto, lo que divaga y se construye en pos de la nada es lo que mueve a esta novela que ha tenido lectores duros (por las reseñas que he podido leer), y que creo no han conseguido  ser parte de la experiencia completa del libro.

Uno a veces lee con expectativas desconocidas. Se enfrenta al libro sin enfrentarse a él, cuando la vivencia de lo que se lee es particular. Se centra quizás en una necesidad pueril, como la de Ginsberg, al llegar a Chile en 1960 y buscar cómo vivir la experiencia de la droga. Antonio Díaz Oliva mezcla, entonces, historias y las cuenta de una manera directa. Esconde las costuras y más allá de revelar con claridad las relaciones en todo lo que sucede en “La soga de los muertos”, deja que la indagación final sea el reino del lector. Un padre que genera, con sus amigos, una campaña para que a Nicanor Parra le den el Nobel. El poeta chileno está junto al estadounidense en un encuentro en tierra sudamericana. El tiempo se diluye. El hijo sin padre que empieza a armar una bitácora de sus días, que descubre un contacto (inexistente) con alguien a través de cuadros que deja afuera del balcón de un departamento. Por estos espacios nos movemos.

Una y otra historia. Cartas barajadas. Sentido cerrado y demanda narrativa. En “La soga de los muertos” los tiempos se estancan en el pasado. Ya sea los 60′s o esos 90′s chilenos, que en esta obra se acercan a la descripción de algo generacional. Por eso no es extraña la fijación del niño en “Volver al futuro” y en el Doc Emmet Brown. El tiempo se derrite y construye las paradojas suficientes. Mientras él intenta contar algo sobre lo que es su día a día, llegamos a un callejón vacío, no solo porque ya no hay más que interese o permita que el efecto se mantenga, sino porque todo se apaga. Esas sogas se cortan.

Sí, estamos ante una obra acerca de la búsqueda, y en ella claro que vamos a encontrar los guiños con esa especie de libro de fe que es “Los detectives salvajes”, pero todo lo que pasa aquí es el proceso de construcción de una derrota mucho más pequeña y discreta. Salimos muy poco. Permanece lo de adentro. Afuera tú no existes. Se trata de intentarlo, de luchar por sacar a ese hombre recluido de su cuarto a través de una campaña para que gane el Nobel de Literatura, con esfuerzo y pasión. Se busca a otro, ese algo, aquello que justifique lo demás. Y así, el niño, el padre y los fanáticos de Parra, en compañía de Ginsberg, se funden en un solo libro. Se desvanecen, se revuelven, juegan a la pelota. Todos miran al pasado y quieren tocar algo que es inútil. Pero vale intentarlo. “La soga de los muertos” es una hermosa novela sobre esa intención.

Antonio Díaz Oliva, imagen tomada de disorder.cl

La fe entre montañas: Quito y algo de la Semana Santa

La procesión se llama “Jesús del Gran Poder” y reúne a un gentío dispuesto a observar un recorrido de ida y de vuelta, en pleno Centro Histórico, de lo que se supone es una tradición muy marcada en Quito: más de 800 cucuruchos van a pasar por esas calles estrechas, vestidos en su mayoría de púrpura y cubriendo sus rostros por unas capuchas que terminan en punta y que para el extranjero parecen las que utilizan los fieles fanáticos del Ku Klux Klan, en Estados Unidos. Estos son los penitentes, los que están ahí para vivir la procesión, los que piden perdón por sus faltas. Los que la han hecho mal y necesitan sentirse limpios.

Ellos son los protagonistas. Porque se trata de vivir el mismo suplicio de Jesús, antes y durante su crucificción. Se supone.

Foto cortesía de Efrén Guerrero (@auraneurotica)

Pero hay más, sobre todo curiosos y fotógrafos (en 10 años la procesión será de fotógrafos, no hay duda). Hoy son muchos, con sus máquinas digitales, disparando a matar para inmortalizar algo que al parecer es importante. No podemos saber cuál es la importancia real: probablemente tenga que ver con la forma, porque la procesión se ve bien, linda; además de que cuando comienza el cielo de Quito se abre y es claro, como cuando gana Barcelona. Si no hay cámaras fotográficas, el smartphone ayuda. Solo hay que elevar la mano y presionar una tecla ante los imitadores de Jesús, que sostienen sobre sí maderos o cargan la totalidad de una cruz, apoyados por un grupo de cucuruchos, quienes lo reemplazarán, como en un juego de postas, cuando no le dé la vida en las cuestas del centro. Las cámaras lo inundan todo. Ya no se vive el acontecimiento, se lo prefiere registrar. Es extraño que ante el panorama completo gane el discreto encuadre de una pantalla.

Mayté Bravo regresa a la Plaza de San Francisco. Había estado adentro de convento, donde se preparan, doce años atrás, cubriendo la procesión para un medio local. Ahora, más de doce meses después de haber dejado Guayaquil por Quito con su familia, lo vive desde afuera. “Quienes hacen de cucuruchos se preparan para esto. Se inscriben, reciben charlas y cursos, y viven la Semana Santa de una manera particular”, cuenta en los exteriores. Los cucuruchos ya salen, varios no tienen camisa; otros se acomodan la capucha; algunos van descalzos, y los valientes habrán colocado, mientras se vestían, cáscaras de nueces dentro de sus zapatos. Será un recorrido de aproximadamente 36 cuadras. Ellos son los protagonistas. “Me acuerdo que había alguien que cargaba un cactus sobre su espalda y se había puesto sobre el pecho otros pedazos”, cuenta Mayté. Alguien escucha y le dice que ya han cambiado, que ya no es tan sanguinario el asunto y debemos creerle.

Encuentras las diferencias: El sitio de arranque es la Plaza San Francisco y no es necesario madrugar para llegar. La gente no espera a la salida, sino el recorrido. La Plaza tiene un quórum respetable, la mayoría de los asistentes va con paraguas en la mano, porque las nubes pueden desembocar en lluvias constantes o el sol jugar, sin aviso, a los dados con las cabezas de quienes recorren la ciudad a 2.800 metros sobre el nivel del mar. Da igual lo que suceda, hay que protegerse. A la hora en que la procesión de Cristo del Consuelo, en Guayaquil, tiene a miles luchando por tocar al Cristo, pese a la humedad asesina, acá todo va con más calma. Al mediodía, con el sol llegando de manera recta, empezará el recorrido, que incluye esculturas de San Juan y de la Señora de los Dolores, como anticipo a la de Jesús del Gran Poder, que carga una cruz y un rostro arruinado por el dolor.

Por tradición, sabemos que el Viernes Santo es el día en que se celebra la muerte de Jesucristo. Pero dos días antes, el miércoles, hubo una ceremonia que simboliza el luto por la muerte de Jesús. Sí, dos días antes. “El arrastre de Caudas” o Reseña es definida como “fúnebre apoteósis de la Cruz redentora” (¿?) y es un ritual que se lleva a cabo en la Catedral de la ciudad, abarrotada de gente, dentro y afuera, a la espera de que el Arzobispo, Fausto Trávez, batiera una bandera negra, con una cruz roja, sobre el altar, los sacerdotes de la Catedral y la gente. Antes, todos los sacerdotes habían recorrido la Iglesia, usando las caudas, esas vestimentas negras y largas, que arrastran. Hubo incienso y música fúnebre. Es un experiencia que te deja helado. Preguntas. Lo haces sobre todo porque si no has estado tres horas antes, difícilmente encontrás un puesto que valga la pena. Alguien te dice que lo que hacen es rendirle tributo al general caído. Otra voz te explica, esta vez anciana, que la idea es transmitir a todos las virtudes de Jesús.

-Pero si te toca la bandera, no llegas vivo la próxima Semana Santa – cuenta otro anciano, que está de salida y que ha escuchado la conversación. Los otros ríen.

Es el momento de preguntar a los que asisten: ¿Por qué solo se lo celebra en Quito, Lima y Sevilla? Se miran. No tienen la respuesta. Se van.

“Me impresionó la solemnidad del acto”, cuenta Jaime Vera, otro guayaquileño que vive desde hace tres años en Quito y que estuvo en el “Arrastre de Caudas”. Pero lo más probable es que no vaya a la procesión. ¿Por qué? Porque hasta en la fe se pueden ver diferencias. Está al norte, en la parroquia Nuestra Señora de la Paz, con otros “monos” con iguales creencias y que pasarán los días santos en esta iglesia. “Acá en Quito se vive la Semana Santa con más actividades culturales y en Guayaquil lo que se hace es vivirlo desde el lado sentimental”, cuenta Érica Chacón, quien está de pasada en la ciudad. No irá ninguno, tienen la necesidad de comprender la dimensión personal de esta fecha. Shirley Lino es de Manta, tiene cinco años en la capital y lo dice con claridad: “No es el espacio para profundizar el Viernes Santo. No hay silencio”, dice.

Foto cortesía de Efrén Guerrero (@auraneurotica)

Sí, no hay silencio. Hay música con carácter sacro que sale de los parlantes colocados en varias partes del recorrido. Desde la explanada se ve a las Verónicas, vestidas de púrpura, con velo incluido. Pronto será mediodía y los penintentes avanzarán; en partes del recorrido les darán agua con azúcar, alguno se tambaleará y deberá sortear las cuestas de bajada, para vencer la física con esfuerzo. Otro irá con gasolina de 92 octanos en su sistema, gracias a las botellitas de alcohol preparadas para resistir. Un sacerdote anuncia por los parlantes la sentencia de muerte de Jesús, como si fuera Pilatos. La Plaza se llena de más personas y alguien hace un pedido particular por el sistema de audio: “Entonemos el Himno Nacional desde el estudio, por favor”. Suenan las primeras notas. Hay un aire oficial. Manos en el pecho, todo solemnidad. Nadie se mueve. Hay poca gente arrodillada, otros cantan con emoción divina. Sale el Jesús del Gran Poder, cargado en hombros. Empieza la procesión. Un padre carga a su pequeña hija de la misma manera. Ella lleva el paraguas en sus manos y se le cae. Una señora ve lo que sucede y cambia de dirección su mirada. Posa sus ojos sobre el Jesús dolido. El padre la mira, le pide con los ojos que la ayude con el paraguas. Ella lo ignora. Prefiere ver al Jesús petrificado en la pena. Él decide agacharse y lo hace con dificultad, con lentitud, sosteniendo a su pequeña para que no pierda el equilibrio. Agarra el paraguas y se lo entrega a la hija. La señora sigue viendo a Jesús. El padre y la hija se van. Nada ha pasado. Jesús ha vencido.

El ojo en el fotograma: Taller de apreciación cinematográfica (en Quito)

Esta es la info de un taller que Marcela y yo estaremos dando desde abril en OCHOYMEDIO, en Quito. Espero que se apunten. Notarán que hay un stop de un par de semanas. Pues obedece a que en mayo se realizarán los EDOC (a los cuales no pueden faltar) y en ese tiempo el taller estará momentáneamente suspendido.

Serán ocho sesiones y estará buenísimo.

imagen tomada de miramedenuevo.wordpress.com

El ojo en el fotograma
Taller de apreciación cinematográfica

Con Eduardo Varas y Marcela Ribadeneira

OCHOYMEDIO presenta un nuevo taller. Esta vez invitamos a Eduardo Varas y Marcela Ribadeneira, que dictarán el taller El ojo en el fotograma. He aquí los detalles:

Objetivo:
Brindar las herramientas y técnicas necesarias para el análisis y la crítica de productos fílmicos. Esto, mediante el estudio de los elementos narrativos y del lenguaje cinematográfico, así como de ejercicios prácticos (proyección de fragmentos de filmes, elaboración de reseñas y críticas, etc.)

Plan de Estudios (ocho sesiones, de tres horas cada una)

SESIÓN 1: Sábado 14 de Abril, de 15:00 a 18:00

Elementos introductorios de la apreciación cinematográfica

Un repaso por la historia del cine, desde la invención del cinematógrafo y la proyección de los primeros “filmes” en un café parisino, hasta el surgimiento de las diversas escuelas y corrientes, la consolidación de la monstruosa industria hollywoodense y el apogeo del 3D. También tendremos la primera probada de los roles específicos que desempeñan guionistas, directores, productores, director de fotografía, etc. Proyección y análisis de fragmentos de filmes como La llegada del tren a la estación, Viaje a la Luna, Tiempos modernos, El acorazado Potemkin, La diligencia, North by northwest, Goodfellas, ET, Amores Perros, Avatar y otros.

Luego de la sesión (a las 18:15) se proyectará: Citizen Kane (Orson Wells).

SESIÓN 2: Sábado 21 de Abril, de 15:00 a 18:00

La historia

Desde la semilla del filme: el plot o trama, hasta el guión cinematográfico y los tipos de historia. Haremos un recorrido por las estructuras clásicas y modernas; revisaremos perfiles de personajes, recordando aquellos más memorables y excéntricos. Proyección y análisis de fragmentos filmes, como Rubber, Reservoir dogs, 3 Iron.

Luego de la sesión (a las 18:15) se proyectará: Reservoir dogs (Quentin Tarantino).

SESIÓN 3: Sábado 28 de abril, de 15:00 a 18:00

La imagen cinematográfica

La imagen cinematográfica, desde su unidad mínima hasta el producto final: el filme. Revisaremos la escala de planos y campos y cómo estos se emplean para contar la historia y transmitir sensaciones al espectador. Veremos otros recursos narrativos del lenguaje cinematográfico, como la composición del encuadre, el punto de vista, la profundidad de campo, etc. Proyección y análisis de fragmentos de filmes, como Nosferatu, Metrópolis, Citizen Kane, Ratas, ratones, rateros, El secreto de sus ojos, etc.

Luego de la sesión (a las 18:15) se proyectará: Psicosis (Alfred Hitchcock).

SESIÓN 4: Sábado 5 de Mayo, de 15:00 a 18:00

El dinamismo de la imagen cinematográfica

Los movimientos de cámara y cómo se emplean en función de cada historia. Veremos en qué consisten las escenas, las secuencias, así como el plano secuencia, y recordaremos aquellas que han marcado puntos de inflexión en el cine, volviéndose legendarias. Proyección y ejercicios de análisis de fragmentos de filmes como Persona, Irreversible, Once upon a time in America, El último tango en Paris, etc.

Luego de la sesión (a las 18:15) se proyectará: Old Boy (Park chan-wook).

SESION 5: Sábado 12 de Mayo, de 15:00 a 18:00

Fotografía

La caracterización de la imagen mediante la iluminación. Veremos cómo los diferentes tipos de lentes y de luz dotan de atmósferas y ambientes determinados a cada escena, así como también “manipulan” al espectador. Proyección y ejercicios de análisis de casos como: Sucker Punch, Apocalipsis ahora, Barry Lyndon, etc.

Luego de la sesión (a las 18:15) se proyectará: The Royal Tenenbaums (Wes Anderson).

imagen tomada de otisandfrank.blogspot.com

SESIÓN 6: Sábado 2 de Junio, de 15:00 a 18:00

El montaje

Elipsis, flashbacks, flashforwards, etc. Hablamos de montaje a menudo, pero sin reparar realmente en el gran impacto que tiene en la narración fílmica. El montaje es lo que “administra” los tiempos narrativos. Veremos sus distintas estructuras, los pioneros en el campo y filmes en los que el montaje ha innovado la manera de contar las historias. Proyección y ejercicios de análisis de casos como: Requiem for a dream, LA Confidential, etc.

Luego de la sesión (a las 18:15) se proyectará: Mulholland Drive (David Lynch).

SESIÓN 7: Sábado 9 de Junio, de 15:00 a 18:00

Sonido cinematográfico

Música, silencios, sonidos ambientales… La banda sonora puede crear atmósferas y generar determinados ambientes en un filme. Veremos sus elementos y revisaremos las “duplas” (director/compositor) más memorables. Proyección y ejercicios de análisis de casos como: Inception, Broken Flowers, Alien, etc.

Luego de la sesión (a las 18:15) se proyectará: El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante (Peter Greenaway).

SESIÓN 8: Sábado 16 de Junio, de 15:00 a 18:00

Crítica cinematográfica

Técnicas de observación y escritura para la elaboración de reseñas, reseñas críticas y críticas, en las cuales logremos un análisis integral del filme, que sea equilibrado y sirva al espectador como guía, o a nosotros mismos, como una herramienta de apreciación más profunda. Leeremos a críticos de medios contemporáneos, como New York Times, Rolling Stone, Fotograma, etc.

Luego de la sesión (a las 18:15) se proyectará: La naranja mecánica (Stanley Kubrick).

imagen tomada de thisdistractedglobe.com

COSTOS:

El taller tiene un costo de USD 135 (incluye el IVA), que incluye la entrega de material impreso para análisis y ejercicios (fragmentos de guiones y reseñas realizadas por diversos críticos) Al final del taller, cada asistente deberá entregar la reseña crítica de un filme. Incluye el costo de la función adicional que se proyecta luego de las sesiones.

Inscripciones:

En el OCHOYMEDIO. Mail a Carla Garcia carlag@ochoymedio.net

O llamar al teléfono 2904720, ext 101

MAESTROS:

Marcela Ribadeneira
www.matrioska8.blogspot.com

Estudió Dirección Cinematográfica en la Scuola Internazionale di Cinema e Televisione, en Roma. Ha dirigido y escrito los guiones de los cortos Hict et nunc, Nelle migliori famiglie y New Year’s resolutions. Ha sido crítica de cine en revistas como Vanguardia y Zoom. En otras, como Fotograma, BG y el periódico Ochoymedio, ha escrito artículos relacionados al séptimo arte y las sociedades que lo consumen. Ha colaborado con La Comunidad Inconfesable (Barcelona) y sus relatos han sido publicados por Editorial El Conejo, diario Expreso, revista Replicante (México), Cultura Colectiva (México) y la antología de cuentos urbanos Microquito I. Actualmente escribe en medios como Vamos, Nuestro Mundo y Criterios.

Eduardo Varas C
www.eduardovarasc.wordpress.com

Escritor, guionista, periodista y músico. Ha trabajado en diarios como El Comercio y El Telégrafo, y ha colaborado en otros, como El Universo y Expreso. Fue editor de la revista Ecuador Infinito y escribe regularmente en las revistas Mundo Diners, Soho, Vamos, Criterios y Nuestro Mundo. Ha publicado el libro de relatos Conjeturas para una tarde y la novela Los descosidos. Sus cuentos han sido incluidos en antologías como El futuro no es nuestro (Colombia) y Región: antología del cuento político latinoamericano (Argentina). Actualmente es editorialista del diario on line La República y tiene en dicho medio un blog dedicado al cine, dedicado a la crítica y noticias, titulado ¿Qué hay en el cine? En noviembre de 2011 fue designado por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (la más grande de Iberoamérica) como uno de los 25 secretos mejor guardados de la literatura del continente.

Odio a los hipsters (como se publicó en Soho)

imagen tomada de pigroll.com

Odiar a un hispter es como odiar a Pie Grande. Es decir, aparentemente hay pruebas de su existencia cuando vamos por la calle o cuando revisamos redes sociales, y hasta precisamos definiciones sobre su fisiología y pasiones, pero ¿qué mismo es un hipster? ¿Alguien sabe de alguna persona que ofrezca pruebas irrebatibles de su hipsterismo? Y por pruebas irrebatibles me refiero a que alguien salga de su estado de reposo y grite a los cuatro vientos: ¡Qué carajo, soy un hipster! Quizás todos conozcamos uno, pero nadie sabe de alguien que se le haya acercado a decirle: “Hola, cómo te va, soy hispter, ¿te gustan los Converse que uso? En realidad no son Converse, son esos Venus que venden en el Supermercado, y que parecen Converse, pero son más baratos”.

Es mejor asumir que están ahí, porque los hemos visto en las vías grises de nuestras ciudades, inundándonos con sus vestimentas de colores, con esas gafas gigantes que se asemejan a los lentes de Buddy Holly, jactándose de no ir con la corriente, pero comprando (si pueden) chompas o camisetas en las tiendas más caras de los malls más caóticos de su urbe.

Sí, porque técnicamente la definición que se encuentra en la mata de los hipsters, USA, no se puede aplicar acá, pero ni en broma. Quizás con escasas excepciones, pero en el fondo no somos una sociedad que entiende las subculturas urbanas de entrada y eso pesa. Los hipsters ecuatorianos prefieren decir que odian a los hipsters y que reniegan de lo que son: véanse en el espejo y entiendan, afróntenlo, sean felices y orgullosos. Porque compras lo distinto y lo que no te hace parte de nada en las tiendas más caras de la ciudad, porque eres el alcalde de cualquier punto del planeta en tu Foursquare y si encuentras una máquina de escribir gastas lo que sea para ponerla a funcionar, no por nostalgia… sino porque es cool. Odiar a un hipster es bizarro porque es odiarse a uno mismo un poco. Deje de hacer comentarios o “hate profiles” en Facebook diciendo que los odia. No se odie. Deje de lado ese amor pastuso.

No importa si el hipster dice que es cool. Todo es cool. No existe otra palabra adecuada. Es cool escuchar cosas que se escucharon en los 70’s, 80’s y 90’s y que nadie más escuchaba. Es cool sentirse cool por escuchar Fugazi, por ejemplo. Estimado hipster: no hay nada más conformista que el gusto, peor si el gusto se convierte en algo masivo. ¿Lo pongo peor? No hay nada más desagradable que creerte mejor que otros por las cosas que consumes y que te hacen distinto.

Claro, la mayoría de esas cosas son adquiridas con la tarjeta de crédito adicional que tu papá sacó para ti, para tus “necesidades”.

Pero eres tan distinto que comienzas a ser legión y uno se pregunta, ¿qué es lo que buscas? ¿Vestir de chompa verde, gorra azul y lentes de marco rojo? ¿Dejarte el pelo largo y peinarte como si fueses un emo con mayor sentido estético? ¿Ser el nuevo Julian Casablancas? No tengo idea si hay una postura clara detrás de lo que quieres representar, porque hasta dicen que eres la referencia joven más evidente de la posmodernidad… y bueno, eso no podría ser propiamente un asunto de odio, porque todos aquellos que hablan de posmodernidad son los que no entienden el mundo en el que están viviendo, y tampoco merecen respeto. Sí, leíste bien: “tampoco”.

El punto es que no buscas ser parte del montón, pero si vas a un rave por estos días, si eres fotógrafo freelance, si tienes un blog en tumblr, si trabajas en una agencia de publicidad, si tocas en una banda que es influenciada directamente por The Radio Dept, si no te cansas de usar tu iPhone, si escribes algún grafitti (o tuiteas algo) en que pones de manifiesto que odias a Hitler, si te pintas el pelo de rubio, si amas Arcade Fire y si entras a revisar las actualizaciones en Pitchfork, y si eres de clase media alta y cumples con estos requisitos… No te niegues, ámate. Eres un hipster. De esos que en orden descendente (¿o ascendente?) aparecen después de los hippies y los yuppies.

Una moda más. De esas que luego, cuando la vida se decante a algo distinto, será la artífice de frases como “¿en qué demonios pensaba?”.

Lo siento, pero no puedes ser Jarvis Cocker, solo Jarvis puede ser Jarvis. ¿De qué se trata, entonces? Es decir, todos somos únicos, pero decirlo no basta. ¿Quieres verte como si no vivieras en la opulencia, aunque tengas dinero? Muchos en el fondo somos hipsters, de esos que creen que tienen gustos más refinados que el resto y que saben de cine más que otros, de arte y de libros. Creemos que nos vemos bien, con y sin barba.

No nos queda más que reconocernos.

Y no, no es un odio en realidad. Sino un autoodio porque no somos capaces de comprender que lo que tenemos es un vacío mayúsculo de sentido y que todos somos parte de eso. Hay un hipster nauseabundo en mí, ¿y en ti? Pues si tienes menos de 40 años y más de 20… créeme que sí. Y peor si te asumes como ‘único’. Mira: no estamos solos y “The X –Files” le gusta a muchos. Así que levántate en tu puesto y di con fuerza: “Soy fulano y soy hipster” y ódiate un poquito.

imagen tomada de narwhaler.com

(esta es la versión corregida y aumentada de lo que se publicó en revista Soho hace unas semanas)

Mutar la palabra que te nombra (acerca de “El animal sobre la piedra” de Daniela Tarazona)

imagen tomada de bitacoradenaufragios.wordpress.com

Y arranco esta reseña aludiendo a la imposibilidad de hacerle justicia a una novela poderosa como la de Tarazona. He intentado varias veces terminar este post sobre un libro que he leído dos veces de corrido y que me espera por una tercera vez, con el descanso necesario para que decante todo. Y no, no es porque exista en ella una complejidad que la convierta en un objeto inasible, sino por estrictamente lo contrario. “El animal sobre la piedra” es un libro sobre la resistencia y el cambio, y en sus líneas, en el diario que registra su personaje en ese momento en que la vigilia se cruza con el sopor del sueño, hay un golpe claro y directo sobre lo frágil que es el ser humano ante la relación más conflictiva y natural que tiene: la filial.

Con “El animal sobre la piedra”, uno piensa de inmediato en Clarice Lispector y en cierta medida en Kafka, pero lo que la autora intenta, más allá de la referencia a ambos autores (a Lispector, incluso con un poderoso epígrafe), es construir un relato sobre lo inevitable de la transformación. El personaje principal es Irma, quien nos narra todo desde un afiebrado estado en el que no sabemos si lo que cuenta sucede o no (lo cuál es el mérito fabuloso de toda gran construcción de lo verosímil en la ficción: acepta el mecanismo como espacio de símbolos y de posibilidades sensoriales). Ella, luego de la muerte de su madre, decide viajar, guarecerse en una playa, para echar a andar todo un proceso interno de cambio, que se va a evidenciar en lo físico. Irma se está convirtiendo en un reptil. Y no hay pesadilla en esa metamorfosis, solo sosiego.

Irma consigue, en ese proceso de construir un nuevo cuerpo, no solo decir algo sobre su humanidad; también habla de su rol de mujer.

imagen tomada de losinrocks.com

La única manera  para hacer de una experiencia algo más ‘vivible’ está en reconocer los dos  extremos por los cuales existe. Irma es hija, pero a lo largo de la narración la vemos en el camino a ser madre. Reflexiona y vive en los dos lugares de la misma línea. La narración cuántica. Irma se aleja de todo, entabla nuevos contactos, con un hombre y su mascota (es maravilloso que sea un oso hormiguero), que en algún punto se pueden romper. ¿Por qué? Porque se trata de construir lo nuevo sobre las ruinas de algo que ya no existe, que ya fue. Y así se le puede dar sentido a la misma situación que aparece como síntoma: “Mientras como el último bocado, siento que un diente se desprende, sucedió antes y, en poco tiempo, mi organismo creó un diente nuevo. Me quedo tranquila recordando aquella suplantación exitosa“. En “El animal sobre la piedra” todo aparece en clave de suplantación, como toda buena narrativa.

Esto es lo maravilloso de la novela de Daniela Tarazona. Un viaje que da la vuelta, recupera elementos del inicio, pero con otro fondo. 180 grados y la palabra es distinta, ha mutado, pese a que habla de lo mismo. Un lujo que se debe leer.

Sinapsis

 imagen tomada de esclavus.blogspot.com

” but when you talk about destruction / don’t you know that you can count me out… in”
John Lennon

Los aviones pasan encima de tu casa cada 10 minutos. El aeropuerto de Quito está en medio de la ciudad y no te queda más remedio que aceptar esa condición de citadino: el ruido interrumpe, te deja sin paz, te arranca el sosiego de un mordisco. La primera de las violencias que debes soportar. A un lado, un taller de orfebrería funciona al aire libre (sospecho que sin permiso). Hay máquinas que de un momento a otro, sin importar la hora o la condición de la salud de los vecinos, gritan desesperadas. Solo suena un grrrrr que proviene de la tenaza que destroza metales, que los separa para las aleaciones (porque de seguro que no todo lo que brilla en ese taller es oro). Caminas por la acera y los automóviles te pitan, te exigen ese espacio para parquearse; es su terreno y no el tuyo. Dos amigos se encuentran y se saludan en la puerta de entrada a cualquier sitio. Y claro, no dejan entrar a nadie más porque están hablando. Es más, no existe nadie más. Compras algo, te dicen que son $9,97. Pagas con $10 y te entregan $0,02 y debes dar las gracias. Te dan trabajo, cumples tu rol según el acuerdo, vas a cobrar con una sonrisa dibujada en el rostro y te dicen que no hay dinero todavía. Esa misma tarde, la misma persona que te lo ha dicho, publica en su cuenta de Facebook que se va de vacaciones a la playa y que eso es lo mejor que le puede pasar en su vida. Y te quedas en tu casa, como el Chavo del Ocho, moviendo el barril de un revólver, al que le has quitado todas las balas, menos una. No la vas a usar contigo, porque tampoco te puedes dar el lujo de ser como el montón y joderte como deporte extremo. Hasta la misma idea te lastima, porque estás convencido de que no importa donde estés, ni qué tipo de poder te coloca ese peso específico sobre los hombros (ponga el nombre que quiera, este espacio se renta), solo interesa la simple descarga eléctrica que hay en todo tu sistema nervioso para que un pensamiento tenga cuerpo, y así comprendes que estamos a merced del remezón y que no se puede esperar nada más de nadie. Piensas en los monos de “2001: Odisea del espacio”, que descubrieron la inteligencia al golpear un fémur contra un cráneo, mataron y ganaron territorio. Es lo mismo de siempre.

Hoy viste el noticiario y asumes que puede ser momento de salir y ser uno más con el primero que colme tu paciencia. Pero eres una persona de paz y le pides disculpas al vacío por tal pensamiento.

¿Lo peor? Uno de estos días te vas a decidir.

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(este cuento se publicó inicialmente en http://www.bbc.co.uk, como reflexión sobre la violencia en el continente)

Elogio de lo obvio (sobre Zorn y Masada Quartet en Quito)

Un cartel gigante de John Zorn afuera. Masada Quartet con letras menos grandes. Adentro se llenaban las butacas del Teatro Sucre. Escuchar John Zorn no te hace cool. En realidad nada de lo que escuches te vuelve cool. Porque John Zorn, por sí solo, juega con la imagen del genio y del maestro, del virtuoso y del tipo que no se la cree. El único que ayer en la sala tenía licencia para mandar a todo el mundo a la mierda era él. Pero no es culpa de Zorn que otros lo escuchen. No puede ser responsable de la mujer que dio los avisos del Teatro y que afirmaba que los que estábamos ahí éramos mejores que los que fueron a ver a Luis Miguel. John Zorn tampoco tiene la culpa de la gente que aplaudió y gritó ante tamaña perla (ella se retractó en un segundo, pero ya lo había dicho). Zorn no responde por quienes fueron a escuchar algo de “Naked City”, o aquellos que sabían de sus colaboraciones con Mike Patton, o los que no se habían bañado en días, o los tipos de rastas que no quisieron levantarse del puesto en el que estaban cuando llegaron las personas que habían comprado esas butacas numeradas, con la excusa: “Llegaste tarde, huevón”. Los presenta Diego Oquendo Sánchez. Que Zorn se lo había pedido. Entran. Todos aplauden. Zorn con su clásico pantalón militar, que anticipa lo que va a pasar. Joey Baron se sienta en la batería, Greg Cohen se calza el contrabajo y Dave Douglas completa el ensamble con la trompeta. Zorn habla sin micrófono. Tal vez adelante entienden lo que dice; atrás no hay suerte. No importa. Empiezan. Jazz experimental, locura y extremo. También Klezmer, esa música popular israelí que suena en las bodas y que todos salen a bailar. Masada es la búsqueda de Zorn por algo propio, así como la amalgama de todas las inquietudes que lo vuelven el músico que es. Zorn controla su saxo alto como le da la gana, mientras toca, da indicaciones a los demás. Cada gesto, cada movimiento de mano tiene un sentido. Experimentar es un acto cruel cuando tienes a un mastermind al frente. Sus dedos gotean y tanto Baron como Cohen saben qué hacer, llevan el beat apresurado, hasta que una espada de huesos y músculos les ordena que se detengan. Zorn dirige como sargento a su regimiento. En algún punto Baron ignora una orden, un movimiento de mano por el que debe golpear los tambores en función de las notas que suenan. Zorn insiste, mueve la mano con más violencia. A la tercera es la vencida y el batero sigue la orden. No hay que decirle no a Zorn. Del saxo llega un zumbido, también el sonido de un buque llegando y de los pies de Pedro Picapiedra corriendo. Zorn rinde homenaje a los cartoons. Es Shaggy. Delgado y feliz. No busca gente que pueda tocar miles de notas en segundos. Zorn apuesta por la creatividad y la búsqueda alrededor de capas. Inquietudes. De eso se trata. Tapa el saxo con su pierna y el sonido se oscurece. Sus dedos son de secretaria y presionan las llaves con rapidez. Se acerca y aleja del micrófono. Solos de Lisa Simpson. Es fabuloso.No es un tema de calidad antiséptica. Es embarrarse con el ruido, regocijarse en el chiquero de lo extremo y hermoso. Se esconde en la oscuridad del escenario cuando quiere escuchar lo que sucede. Sonríe y felicita con un gesto a los músicos. Alguien grita “I love you”. Le gritan muchas cosas. Él está por encima de eso y lo ignora. Viene a ser lo suyo. Visita sudamericana, con su proyecto más conocido. Canciones con nombres en hebreo. Solo importa escuchar, porque pronunciarlas o escribirlas va a ser complejas. Solos de todos los instrumentos. Fijación por el ruido. Eso a lo que llaman “Avant garde”. ¡Qué minón! Zorn sargento. Zorn genio. Acaba la primera parte del set y se van. Hay que esperar. Regresan. Zorn se detiene en plena canción. La lengüeta falla y rápidamente abre la boquilla. La reemplaza por la que tiene a la mano. Lanza la otra al suelo. Cierra la boquilla y vuelve a probar. Suena como los dioses. Él no está convencido. ¿Cuándo se convence Zorn? “Not bad”, dice. Vuelve a tocar. Aplausos al final, muchos. La gente pide “otra”, pero Zorn no es Luis Miguel. Se cierra el telón y todos salimos. El cool es él, nosotros solo lo vimos.

El cuerpo es el templo… de la conveniencia

Ante la crítica: la descalificación. Es el camino seguro y así todo resulta más fácil. ¿Y qué queda al final? La sensación de que el menor esfuerzo es necesario para establecer “aproximaciones”. La polémica por la foto de la revista Soho ejemplifica mucho esto, sobre todo por las pobres lecturas que se han dado acerca de un hecho fundamental: esta respuesta a la absurda fotografía de revista “Hola!” es igual de absurda. Su discurso es claro y nos dice (solo al describir lo que hay en ellas) que las mujeres negras que antes aparecieron con un charol, en el fondo, ahora están desnudas y en primer plano.

imagen tomada de http://233grados.lainformacion.com

Y esta descripción objetiva da pie para otras precisiones:

1) La foto de revista “Hola!” (en la que mujeres ricas de Valle del Cauca, de la misma familia, aparecen retratadas con sus sirvientas, negras, atrás) no solo es racista. Es clasista y también deja en claro que la única posibilidad de vida (al menos en esa zona) para la mujer de raza negra, está en el servicio doméstico. Y por favor, no crean que estoy denigrando una opción laboral; solo trato de entender lo que la foto “dice”.

2) La respuesta de SoHo (con cuatro mujeres negras y desnudas – sin mostrar nada, pues todo se tapan con el mismo cuerpo- y dos señoras blancas en el fondo, sosteniendo charoles) trata de reclamar el concepto racista de la imagen anterior, pero ignora las otras lecturas y al hacerlo cae en un error burdo: Recrea otro concepto de mujer alrededor de su imagen, de cómo se ve y de su aceptación a quitarse la ropa. Y esas mujeres están ahora adelante. Ya no están atrás con los charoles; ahora están al frente, poderosas y decididas.

imagen tomada de http://233grados.lainformacion.com

Es una certeza de sumisión frente a otra. Y aparentemente una es mejor que la otra y todavía no sé por qué.

Lo entiendo en realidad, pero es más cool hacerse el desentendido.

Por la mañana he discutido con varias personas en Twitter alrededor de la foto y de cómo desde la idea de la “mujer objeto doméstico” de una foto se pasa a la mujer de “objeto de deseo”, en la otra revista. Construcciones culturales extrañas, pero construcciones en sí. De casi la mayoría de personas que defienden la decisión editorial de la foto he recibido precisiones acerca de que no hay nada de malo en poner a mujeres desnudas y que la foto es buena. Lastimosamente, el desnudo no es el punto aquí.

Podríamos pasar horas tratando de definir cuál es el dilema del cuerpo desnudo y sus representaciones, sobre todo por lo que eso habla de nosotros como sociedad; pero el punto aquí es comprender la lectura de una imagen en particular y entender por qué está ahí y qué denota y detona. Si hacer eso es caer en “mojigatería” pues es no entendemos la dimensión del término. Hubo comentarios onda: “¿Es malo reconocerse como objeto de deseo? Moralistas camuflados de intelectuales“. Y digamos que parte de cierta razón, pero el error no está en el punto de vista, sino en cómo se usó el término “objeto”. Una de las personas que habló en la mañana y criticó la foto de Soho fue Anamaría Garzón. Hace unos minutos escribió un post muy interesante que recomiendo. Y en él dice: “En el sistema de construcción de miradas, la masculina es LA MIRADA, así, con mayúsculas, la que construye el sentido de poder y otorga a los demás el lugar que merecen (para más info, busquen a Laura Mulvey). Pienso en la primera serie de Cindy Sheman, en la cual imitaba las poses de las heroínas del cine y mostraba como se construía la identidad femenina desde la mirada del otro. Y creo que así explico el estrellón con la foto de Soho. La puesta en escena que pretende ser una respuesta a la revista !Hola! mantiene LA MIRADA, esa que construye una identidad, esa que otorga el rol de objeto a la mujer. Si se intentó criticar el uso de sirvientas negras en la foto de !Hola! la respuesta con sirvientas blancas y mujeres negras desnudas, no sale del mismo esquema. Así como una cosa es el erotismo y otra el porno, una cosa es la belleza de un desnudo y otra la construcción de sentidos con una foto. Esos desnudos no son desnudos cualquiera, sin contexto, como los que Soho publica normalmente. La foto no es inocente. Tiene demasiada carga conceptual, demasiados significados. Y cualquiera pensaría que un editor de fotografía debió, en algún momento de su formación o su oficio, dar una ojeada a Rancière para al menos tener una idea de cómo las imágenes otorgan lecturas sobre los sujetos que representan“.

Y yo podría acabar aquí el tema.

Pero no, sigo. Una foto que intenta celebrar una MIRADA por encima de la misma MIRADA, es un error. Y si vamos más allá: ¿Qué sucede con las señoras del fondo? Pues tanto SoHo como Hola! nos están diciendo que hay un tipo de mujer que se puede dedicar a labores domésticas: la que no es delgada, la que se ve más local (o nativa) y sin importar el color de piel hay una definición clara de los alcances sociales de un trabajo como el de la empleada doméstica.

Entonces, ante la nula lectura, ¿qué nos queda? Nada, solo ir a lo más sencillo: Defender el desnudo porque es hermoso, porque nacimos desnudos y hay que estar contentos con nuestros cuerpos. Sí, desde luego. Pero, veamos si esta vez puedo ser más claro: LA FOTO SE SOHO NO ES SOBRE EL DESNUDO, ES SOBRE UNA CONCEPCIÓN DE LO FEMENINO, QUE INTENTAN VALIDAR A TRAVÉS DEL DESNUDO.

La foto de SoHo no se puede leer sin la de Hola! Son hermanas siamesas.

Y para toda la gente que asume que no hay que negar algo tan natural como el desnudo pues valdría comprender la dinámica total de lo que dicen: ¿Desnudos con mujeres con siliconas o sin siliconas? ¿Usamos o no Photoshop? Las dinámicas de las ideas no suelen ser tan sencillas, en realidad.

imagen de obra de Alex Kliszynski (tomada de orgasmatrix.com)

El tema del cuerpo desnudo, sobre todo el femenino, da para muchas páginas. Las posibilidades al mostrar al cuerpo son infinitas: Desde la misma pornografía (que no voy a tratar ahora, pero que no podría condenar jamás porque hay cierta igualdad de condiciones en ese coito grabado), pasando por las muñecas y dibujos de Hans Bellmer, o las esculturas porno de Peter Keresztury, las barbies de Alex Kliszynski, hasta ese blog sensacional de fotografía erótica (y pornográfica) que es “Dockera”, en el que los desnudos y los actos sexuales aparecen en primer plano, pero de tal manera que la MIRADA se pierde y se transgrede el sentido de poder… Y en todas ellas no solo hay paradoja y parodia. Existe también comprensión de los límites del mismo cuerpo y de las construcciones sociales alrededor de él.

una de las muñecas de Hans Bellmer (imagen tomada de invraisem.blogspot.com)

La foto de SoHo es un error editorial porque no lo pensaron bien. Así de sencillo. Para muchos ha sido la revelación de cómo la revista hace de las mujeres simples objetos (en mejor papel y con mejor producción); pero yo no lo veo así… al menos no todavía (si bien he escuchado en el supermercado cosas como: “¡Mira a la Dallyana! ¡Qué rica! ¡Yo le diera!”, con la edición en la que salió Dallyana Passailaigue en la portada). SoHo, como revista, buscó la transgresión y remover algo de esta sociedad en la que el sexo y el desnudo se consideraban “prohibido”… pero con esta foto la transgresión se agota y se revela a sí misma como artificio de polémica: gratuita.

La parodia suele quedar muy grande.

El error de Emilio (y los que no piensan como yo)

Cuando se acaba el creador de la belleza

imagen tomada de reflexioncreativa.blogspot.com

Hay cierta confidencia de turno en estos dolores. Que son grandes y de entrada no sabes lo fuerte que te pueden golpear, hasta que suceden. Fue suficiente un mensaje de texto que me llegó ayer, en una librería: “Murió Spinetta :( “. Y sientes que los dolores inesperados son reales. ¿Dolor? ¿Por qué? Porque la belleza es parte de la vida y Luis Alberto Spinetta fue creador de belleza.

Sigo sin creer en la trascendencia, pero gracias a su obra, a ese conjunto interminable de discos y canciones, sonidos precisos y letras maravillosas, más que trascendencia, entiendo que la permanencia es lo único que nos salva. El dolor se transforma y así, esta secta interminable de adeptos, de hijos de Spinetta que nos representamos y transmutamos en el dolor de sus hijos reales, entendemos que estamos juntos en este trance y más que llorar (que no lo hemos dejado de hacer) comprendemos que lo que nos queda, de aquí en adelante, es permanecer en su obra. En ese ligero lamento inicial que suena en su voz cuando canta “Laura va” (agarrando del cogote la melancolía de Los Beatles y su “She’s leaving home”, para regalar la posibilidad de redención). En esa certeza de que siempre habrá algo más allá que funcione, que el ayer no interesa más que como construcción y que “ya es mañana” (ese monumento a la canción que es “Cantata de los puentes amarillos”). En esa consistencia humana de que la esperanza de una vida buena después de la vida puede ser respuesta (“de que con el alma nos ve mejor”, en esa triste experiencia de la desaparición de los hijos, que tan bien detalla en “Maribel se durmió”). En ese apocalipsis que se reduce a un artefacto destinado para la comunicación y transporte, porque eso nos vuelve sociedad y nos acerca (“Yo quiero ver un tren”, con esa onda pop virulenta que te obliga a bailar hasta que no quede nada). En esa sentencia de que el otro ser es fundamental, en un sentido superior de pertenencia (“Y tan sólo estando aquí contigo / yo veo mi elemento / veo mi elemento”).

imagen tomada de yanaallqu.blogspot.com

En Spinetta hay mucha vida que cortar.

Y hoy solo tenemos que seguir cortando. “No paniqueen”, nos dijo en una carta que nos dedicó hace poco a los que pensábamos en él, cuando nos asustamos por su salud. Nos calmó, pensó en nosotros, se quitó del medio, desapareció de la ecuación. Spinetta, como pocos, supo ser contemporáneo en su trato, sempiterno y firme, capaz de comprender que su arte quizás no era el “ahora”, pero el vocabulario, ese código de unidad, sí. Spinetta pensó como nosotros, los que usamos ese puto verbo como carne de cañón. Spinetta nunca nos dejó, ni siquiera en esos momentos en que el cuerpo no le daba y bajaba de peso por la malicia de células que crecían en él, desproporcionadamente.

imagen tomada de dospotencias.com.ar

Spinetta está aquí, permanece. Nosotros somos los testigos, quienes lo amamos.

Uno solo ama lo que conoce, y al Flaco, aunque no hayamos hablado con él nunca, lo tenemos en nuestro hipotálamo, en nuestro ADN.

Y el recuerdo que me llevo es la sorpresa de verlo entrar al gigante escenario de Velez, en el show del retorno de Charly. Sin aviso previo lo anunciaron y entró, sonriente, abrazó a Charly y empezaron a tocar la intro de “Rezo por vos”. En medio de argentinos empecé a saltar, seguí el ritmo y el beat. Estaba feliz, lo estaba viendo y escuchando. Era él, cantando con esa voz aflautada, agarrando la historia y dándole permanencia.

Spinetta, por Pablo Lobato, imagen tomada de http://redaccionbicicleta.files.wordpress.com

Gracias Flaco. Te sigo escuchando, ahora mismo.

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