Max es un desadaptado y se siente solo. ¿Cómo se puede conectar con otros cuando todas las sensaciones están a flor de piel? No se trata de contarlo como lo haría un niño. Se trata de narrarlo desde la imaginación para llegar a la comprensión de que lo inevitable nos estará rondando sin reparos. Max visita a los monstruos de su cabeza para sentirse libre… pero algo pasa porque no hay para él ese confort finalmente… pero sí una satisfacción.
En ‘Where the Wild things are’, la última película de Spike Jonze, la imaginación es lo que cuenta, pero no nos relativiza. En este mundo en el que el niño es el rey, la dirección del que sueña es momentánea. Los problemas no abandonan la imaginación y Max no tiene más remedio que reconocer que eso que le duele quizás sea parte de él y no debe ser un motivo de huida eterna. La dificultades van a estar ahí y uno las enfrenta a diario. Cine psicoanalítico.
El filme no es precisamente intransigente. En realidad abraza la idea de que la imaginación no es sólo evasiva y que puede ser una buena manera de entender lo que pasa. Aboga por la utilidad de la ficción de cada uno. El niño es el rey momentáneo de su reino hasta que empiezan a caerse las piezas, porque las respuestas no están sólo en los deseos. Max se siente solo y ve cómo su relación con su hermana mayor es distante. Reconoce la violencia de sus juegos y sabe que le puede doler todo, pero no se inmuta. Quisiera que su madre estuviera para él sin reparos… se porta mal y rechaza el castigo viajando a una isla habitada por grandes monstruos de peluche. Los conoce a todos: Carol, Ira & Judith, Alexander, Douglas, KW y El Toro (la voces de James Gandolfini, Forest Whitaker y Paul Dano son increíbles). Llega en el momento de conflicto: Carol está en medio de un arranque de ira y destruye las casas de las otras bestias sin que pueda ser detenido. La ira produce la unidad y el niño es aceptado en el grupo al asegurar que tiene poderes y que puede unir a todos. La imaginación en ocasiones no es como se la pinta. El problema de Max está en reconocer que mucho de lo que piensa o siente se ha vuelto realidad en ese mundo: las batallas y lo juegos causan heridas y la heridas tardan en curarse. Los monstruos son simples manifestaciones de su frustración y reciben las consecuencias de aquello. La mente del niño no lo evade. El niño reconoce dónde está ese lado salvaje y por qué.
La historia, escrita originalmente por Maurice Sendak, es un viaje por la culpa y es uno maravilloso. No sólo porque los monstruos están hechos a la perfección (con una mezcla de CGI-animatronics), sino porque todo el universo que se muestra en ese bosque como jardín interior se mueve y da la impresión de transformarse constantemente en un paraje virgen que no se daña por nada, incluso en las escenas de peligro. Jonze realiza un viaje por una persperctiva de la niñez que para muchos es terreno de Tim Burton (para mí es ya un espacio que Burton perdió hacer mucho tiempo) y aparece como un ser que no trata de mostrar lo onírico. La ira está siempre presente y eso le da un sabor que impresiona a la historia.
¿Dónde está eso salvaje? En cada uno y al menos nos queda comprender desde qué lugar nos viene todo eso y hacerlo parte de la vida. Una enseñanza que de infantil tiene muy poco… pero es sumamente vital.
Digamos que es cierto y la ley es la ley. Digamos que Teleamazonas es un canal asqueroso y que Jorge Ortiz es un alfeñique al servicio de los deseos del banquero dueño de un canal. Digamos que los medios deben informar y que sea el poder Ejecutivo el llamado a definir qué es informar. Digamos que el poder Ejecutivo quiere nuestro bien y no soporta que algún periodista opine-hable-mienta (todo al mismo nivel de importancia conceptual) en sus narices. Digamos que el cierre de Teleamazonas es correcto porque se ha violentado una norma. Digamos que en este caso en particular el canal no debió permitirse hablar sobre las desventajas ambientales de la búsqueda de gas en la isla Puná. Digamos que el periodismo tendencioso debe desaparecer. Digamos que un superintendente de telecomunicacione tiene la facultad de discernir sobre las ventajas o no de los contenidos de un medio. Digamos que está bien que se obligue al cierre definitivo de una radio amazónica porque promovió la violencia (en la que murió un maestro shuar). Digamos que es hora de sentar un precedente en contra de la organización de una etnia a través de una radio. Digamos que la mayoría ha escogido al presidente que está ahora. Digamos que todo se ha hecho en democracia. Digamos que no importa el diálogo y que la Asamblea Nacional en realidad no interesa. Digamos que el acuerdo al que se había llegado para tratar y aprobar la Ley de Comunicación nunca importó. Digamos que en democracia el diálogo no interesa. Digamos que sólo importa la voluntad de la mayoría…
Hoy sé que se dicen muchas pendejada….
No voy a entrar a los dilemas comunes en este momento. Pero sí diré algo corto: Una reglamentanción anacrónica no puede ser vista como ley justa dependediendo de quién esté o no en el poder. Una sanción que cierra un medio de comunicación no puede ser facultad de un ente administrativo, llamado a precautelar el aspecto técnico de las transmisiones (tal como su nombre lo indica). El poder Ejecutivo no puede decidir sobre contenidos, ni siquiera cuando es muy clara la torpeza del periodista y del medio. Para eso (y muchos han de lamentar que sea así) tenemos leyes y un Poder Judicial. No digas más.
Lo que sí me parece terrible es reconocer que las pasiones le ganan a la razón. Que hay muchos aplausos sonando y gritos de hurra. Que hay pedidos de que ya todos los que han hecho ‘daño al país’ paguen por sus culpas… pedidos que se dirigen al Ejecutivo como si esa fuese su función: juzgar. Celebraciones del absurdo que no me dejan esperanza. Claro, la necedad tiene el derecho y hasta la obligación de hacerse presente en circunstancias como éstas. Hay cosas que no se pueden transar y, si al menos hay gente que pese a tener la supuesta orientación ideológica del Gobierno han hecho público su descontento por la forma, permanecen otros que sostienen sobre sus pechos el orgullo de una decisión que nos hace perder a todos. Por más descuidada o malintencionada que pueda ser una opinión, debemos asumir que el costo que hemos pagado en toda la historia para hacerlo es muy fuerte y rendirle tributo a eso. No podemos permitir que hoy la historia se trunque con la justificación de una democracia entendida como la ley del más fuerte (ni el Gobierno ni lo medios tienen ese poder).
Aplaudir que sea el Ejecutivo el llamado a prohibir opiniones o a definir lo que es o no una profesión es un acto de lo crueles que confunden todo y no les importa. Todos debemos tener la libertad de decir lo que quisiéramos, así seamos un medio con todo el dinero del mundo y con un dueño que se crea el portador de la verdad, o un presidente que también e crea dueño a la verdad, o un gil como yo, o giles que celebran lo cierres de medios como maniobras justas. Todos.
Y todos tenemos responsabilidad ante eso. Las leyes están y es potestad democrática del Poder Judicial trabajar con ellas y juzgar. El presidente acá puede decir lo que sea sin pensar en consecuencias… el resto no, vivimos la libertad reconociendo el riesgo de decir lo que pensamos o informar como queremos. Así que miro con recelo a la gente que está feliz porque a la larga esto será peor. No hay más (ayer en los alrededores de Teleamazonas policías no dejaban circular desde la avenida América. Yo lo vi estaba por ahí y si hasta la libertad de circulación se suprime… no sé qué más puede pasar). Ayer no se le dio a la democracia con palos… se le metió ese palo a la democracia por el culo y mientras algunos protestamos… otros son felices y piden más. Porque esa es la revolución: libertad absoluta para sodomizar y una standing ovation.
Ella está en uno de los tantos cursos o talleres progresistas que se dan en la FLACSO (Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales), en Quito. Él está en su casa, trabajando. Se conecta y aparece la conversación. Ella y él se conocen desde hace varios años, cuando él fue de visita a Cuenca a tocar con la banda en la que estaba. Se hicieron amigos, compartían la pasión por lo literario, por el reconocimiento de la palabra como fundamental. Ella hacía teatro entonces y era abogada. Hoy él sigue escribiendo y toca de vez en cuando. Ella es parte del proceso político del país (incluso estuvo en la Asamblea en Montecristi como parte de la asesoría a alguno de los participantes). Él piensa que la palabra progresista es tan ‘progre’ que hasta puede obviar dos sílabas y estar más a la moda (en realidad trata de huir de esas cosas que no llevan a ningún lado). Ambos se ríen en la conversación a través del messenger…
Él: Al final lo que creo es que si bien tienen que existir, la empresas no tienen moral, por eso el Estado sí debe entrar a regular que cumplan bien su misión y que no comentan estupideces… Para eso hay que fortalecer el sistema judicial y no entregarle más facultades al Ejecutivo…
Ella: Eso es tan liberal…
Él: A lo mejor lo soy…
Ella: Prefiero el deseo de cambiar las cosas de fondo, ese enfrentamiento con el status quo, con la gente que quiere que las cosas no cambien. Que todo siga siendo tan desproporcionado.
Él: Sospecho que muchos queremos eso, pero ahora todo se ha desdibujado…
Ella: No ha pasado tanto así…
Él: Desde luego que ha pasado… El daño que se le ha hecho al país es el mismo que se le sigue haciendo: el dogmatismo. No existe nada más allá de eso, de esa generalización…
Ella: Quizás en el fondo sí estamos de acuerdo… Pero el cambio es necesario.
Él: Me aterra pensar que haya gente que asuma que hay que volver a lo que estaba antes… Me aterra sentir que hay muchos que ven en el reforzamiento de las facultades del Ejecutivo las respuestas a todos nuestros males, como si ese fuese el camino. Me aterra más descubrir que no se puede ver más allá de las ideas… como si la congruencia fuese solamente eso: tener los ideales en lo más alto.
Ella: Pero los ideales son importantes, no puedes negar eso…
Él: No quisiera negarlos y no lo hago… Pero el ideal principal que tengo: el respeto a la libertad y al otro es más fuerte… Es como una norma constitucional enfrentada a una ley: prevalece la regulación superior…
Ella: jajajajaja…
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En “Pájaros en la boca”, Samantha Schweblin genera el caos antes de la explosión, o muestra los residuos de esa explosión, definiendo al cuento o mejor dicho a sus relatos como pequeños actos humanos en medio del desconocimiento, pero siempre al borde de una gran revelación. Quizás saberlo todo es lo que haría de la vida un acto absoluto sin sentido.
En su libro, que la hizo merecedora del premios Casa de las Américas en 2008 (he leído una edición fabulosa de la editorial peruana Estruendomudo, presente en la Feria del Libro de Quito… uno de esos pequeños y discretos aciertos en lo que se hizo este año) la misma falta de explicaciones o silencios en motivos nos lleva a enfrentarnos a relatos donde hay mucho de mirada mítica y hasta de delirio (como bien lo cuenta el texto de la contratapa). Y eso ya te habla de una experiencia distinta al momento de leer sus cuentos, que es justamente el punto más interesante del proceso: la sorpresa que uno experimenta es lo que que maravilla (tal como nos pasa cuando nos encontramos con textos de Cortázar, por ejemplo, a quien le debe muchísimo la autora).
Porque todo está escrito con una suavidad que trastoca lo que estamos leyendo, convirtiéndolo en algo mucho más chocante de que lo que en sí es. Porque una imaginación tan prodigiosa se vuelve gestora de cuentos que no sólo te transportan a esos espacios propios de la verosimilitud: te exigen revelarte ante las razones concretas que uno va recibiendo en el día a día. Porque una niña se come pájaros vivos, porque una interrupción de un embarazo puede ser un viaje en el tiempo y en el espacio, porque unos chicos cavan un pozo y luego desaparecen de la faz de la tierra, porque una niña da vueltas en un carrusel y las vueltas se evidencian sobre ella, porque el final se percibe en la pérdida de velocidad…
Es “Pájaros en la boca” un cuento que impresiona y que al sintetizar la naturaleza del conjunto, le da nombre a la colección. ¿Qué hacer ante el espanto? ¿Qué pueden hacer los padres? Este es un tema fundamental en el libro, en el que las cosas que pasan y se narran (con una prosa que a momentos puede presentar líneas terribles) son deudoras del silencio, del vacío. La hija come pájaros y el padre acepta el acto con cierta desesperanza, que se vuelve medular en el relato. La desesperanza mueve al universo.
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Me extraña que en este año mis lecturas hayan sido precisas, como si una mano o alguna de las voces en mi cabeza me supiera guiar de manera adecuada para compaginar mis vivencias con la necesidad de delirio… Como si hubiera algo que no dependiera de mí, como si la sensación fuese material para un cuento y al mismo tiempo descubrir que es a través de un conjunto de relatos que esta idea se remueve en mí. Leyendo a los que leen… leyendo por leer…
La idea me da vueltas por mi cabeza en estos días, sobre todo cuando descubro que ese carácter intransigente al que se accede de golpe en la ficción es lo que la vuelve un ente en sí misma. Y si a esto le uno mi perspectiva de que la ficción es un organismo útil para el individuo (no hablo de esa utilidad pensando en un colectivo o en otro tipo de concepto que desnaturalice la posibilidad de la creación como un acto de cada ser que se enfrenta a esa experiencia en particular) y su expresión, creo que el valor de la imaginación y de la precisión de universos puede ser un acto cruel cuando trasciende la página o el soporte regular o novedoso por el que podemos aceptar ese engaño, o ese autoritarismo del ser que crea, como algo realmente trascendente
¿Qué quiero decir con esto? Que la creación de una nueva realidad que niegue lo que conocemos es laboriosa en el mundo de la ficción… en el real es simplemente dolor.
Detrás de cada ficción se esconde un deseo de reformar todo, de establecer desde mi mirada lo que es mejor o lo que es peor, con la idea de conseguir algo. Quizás el creador literario (me estoy refiriendo a eso porque ese es mi oficio) sea un tipo con todas las condiciones para ser el ser más nefasto de todos los dictadores, pero al tener de su lado la opción humana de la expresión, de imaginar y recuperar en algo eso que perdimos en el camino, reconoce para sí un mayor regocijo y extiende su mano con lo que mejor le sale: imaginar. La obra de ficción es una respuesta inventiva ante el caos que nos rodea, ante lo que nos revienta, frente a lo que queremos escapar. En lugar de una intervención directa, el que escribe prefiere las soluciones producto de la inventiva del ser y al menos precisar sus ideas y ver cómo en el mundo de lo retórico, de lo que nos forma y establece, ese cambio se produce, sin necesidad de una participación sobre circunstancias que no son más que ejercicios de violentar libertad. Estés o no de acuerdo, lo haga o no lo haga bien…
Por eso la ficción es el camino más sencillo y pensar sobre ella es tan fácil, simple, que puedo entender cuál es su valor más allá de la utilidad pragmática que en varias instancias se le ha querido y se le quiere dar. Por eso apuesto por el creador, que ante un deseo totalitaro intrínseco, decide enfrentarse a un objeto y esperar que ese enfrentamiento establezca un diálogo entre varios sujetos y de esa conversación conciliar el deseo de totalidad con algo que no destruya ninguna existencia. Lo contrario son esa gente que asume su palabra por encima de la palabra de otro y restringe toda posibilidad de diálogo a criterios, conceptos y a la elaboración de leyes que conducen a crear una realidad cerrada… La misma que va a encontrar en la ficción uno de los escapes más seguros y firmes.
Fuera de la ficción… la realidad se vuelve una experiencia inservible.
Tarantino ha tenido dos deslices graciosos en su antepenúltima y penúltima películas. Con “Kill Bill Vol 2″ y “Death Proof” parecía abrirse un espacio insoldable en la obra del que aburridamente se consideró el “enfant terrible” de la cinematografía gringa. Tras el ritmo tedioso y la aparente profundidad del segundo volumen de Kill Bill (con el único valor de reponer al fallecido David Carradine como el duro absoluto) nos llegó un filme de pura diversión que sin duda tiene una de las mejores escenas de colisión que jamás se filmó. Pero pare de contar, Tarantino era como una versión barata de su propio cine. Hacía lo esperado y eso desesperaba, pues no permitía ninguna otra mirada. Sin embargo, el ejercicio argumental que hay detrás de “Inglorious Basterds” es revelador y nos permite decir que esta vez el cineasta se preguntó (no con todo el acierto del mundo) cómo crear algo de valor, más allá del universo personal. La respuesta fue una distopía ambientada en la Francia ocupada por los nazis, en la que un grupo de soldados de Estados Unidos, Alemania e Inglaterra están encantados con la idea de matar soldados y oficiales de la SS, cortarles el cuero cabelludo como trofeo de guerra, y combatirlos a como dé lugar.
Pero no hay que decirlo en voz alta, tampoco. La película, si bien toma su nombre del nombre que este grupo recibe, no es del todo un filme sobre esos ‘valientes’ que se enfrentan a los criminales atroces. Hay algo más y precisamente en ese ‘algo más’, a nivel argumental, es la fuerza de una historia que se expande, que toma elementos del pasado con conocimiento actual y les da otra posibilidad de desarrollarse. Es un trabajo de Tarantino (sin duda la existencia de un personaje que sea crítico de cine y teniente británico al mismo tiempo, experto en la filmografía alemana de los 20, o que todo se resuelva en el estreno de una película de propaganda -que en realidad no puede ser más ridícula- llamada “El orgullo de la nación”, nos remiten a la mirada del cineasta, en la que las referencias y reflexiones pseudo pop no dejan de estar presentes), quien se esfuerza por integrar algo a su perspectiva personal. Esta vez lo hace bien. Tarantino puede hacerlo cuando realmente quiere. Es muy probable que desde “Reservoir dogs” no haya conseguido tanta contundencia en la pantalla (“Pulp Fiction” no es menor, pero carece de la fuerza de su primera película) y que quizás en mucho tiempo no haya creado secuencias tan impresionantes, como la inicial, cuando el coronel Hans Landa, el cazador de judíos, está buscando a la familia Dreyfuss, o cuando parte de los bastardos se encuentra con una agente inglesa que no es más que una actriz famosa alemana, Bridget von Hammersmark (esa hermosa e interesante mujer que es Diane Kruger), en un pequeño bar. Tarantino sabe hacer películas, sin duda. Pero lo más importante: sabe crear personajes.
imagen tomada de livingindonosti.com
Christopher Waltz interpreta al coronel Landa y es tan memorable como varios de los antagonistas que el director ha venido estableciendo en su filmografía. Lo valioso de ese tipo despreciable está en que apuesta al ganador y respeta las decisiones, como si se tratara de un código que es más fuerte que él. Y eso no lo libra de su carácter negativo, ni de su función en las ligas alemanas nazis. Probablemente sin él la película no tuviese el impacto que tiene. Mélanie Laurent es Shoshana Dreyfuss, quien luego de ver cómo acababan a su familia (judíos en Francia) escapa y con otro nombre ve cómo el destino le deja en bandeja de plata las posibilidades de la venganza (quizás es el tema central de la película, lo ridículo que puede ser todo cuando las circunstancias se prestan a relaciones que simplemente no se pueden creer). Eli Roth es el sargento Donny Donowitz, de los bastardos, y quizás es el llamado a cumplir uno de los actos reivindicadores más impactantes para los judíos del mundo… nada mal para un personaje que se lo conoce como “El oso judío”. Es a la vez un director impresionante (Cabin Fever y Hostel están en su currículum y además es el responsable de la película dentro de la película: “El orgullo de la nación”). Brad Pitt (y va el spoiler) como el teniente Aldo Raine, es impresionante con su rostro de eterno compungido y acento sureño… pero si sale más de 10 minutos seguidos en alguna secuencia ya es demasiado. El líder de los bastardos debe mantenerse firme en el plan, sin duda.
La división en capítulos, cada uno con una motivación propia que se van unificando al final, nos habla de que esta vez lo que importa es la historia, lo que se cuenta y la ridiculez de la violencia (la premisa que recuerda a la muerte de Travolta en ‘Pulp fiction”, cagando, con los pantalones abajo mientras Bruce Willis le dispara) detrás de esas circunstancias. Si bien existen las intromisiones pop (caracteres o paréntesis narrativos con la inclusión de los nombres de ciertos personajes en la pantalla, aparentemente importantes, pero que en la historia aparecen sin causar estragos, más que cierta tensión), son identificables y a veces sorprenden. En otras, estorban. Lo bueno es que son muy pocas las veces en que esa perspectiva aparece. Es como si Tarantino se negase a dejar de ser él, cuando en la película cumple un gran trabajo y quizás ofrece la mejor fotografía en toda su carrera. Probablemente el miedo o la duda ganaron en momentos, pero Tarantino sale victorioso y mientras el rostro de Shoshana aparece en pantalla gigante y avisa los alcances de su plan maestro, el final se vuelve en un ataque del mismo director. ¿La ficción lo puede todo? Desde luego. Por eso, si la Segunda Guerra hubiera terminado de esta forma, mucha de las estupideces habrían tenido otras características y quizás viviríamos ahora con una conciencia del final mucho menos distante. ¿Qué se yo? Es sólo un buen filme y la sensación que queda es la de un tipo que salió del pozo de sus últimos trabajos y ofrece algo que discretamente quiere negarse para salir mejor. Nada más.
Esteban Mayorga es un gran narrador y es una persona cálida y sencilla, algo que en el mundo de la escritura es raro (sobre todo acá). Ese no es un mérito literario, pero sí es una ventaja para alguien que escribe y lee, pues encontrar gente que está dispuesta a sentarse a escuchar y comentar sin ninguna pose es un acto que revitaliza. Esteban narra porque es narrador, porque quizás le sea inevitable, porque está en su naturaleza. Y en ese punto encuentran la intersección el escritor y la persona. Quizás uno de las satisfacciones de la Feria del Libro que pasó hace unas semanas está en haber conocido a Esteban y haber leído su libro de cuentos. Parto de esto para decir que lo que viene a continuación no es precisamente una reseña. Hoy voy a hablar de cosas realmente refrescantes y el libro de Esteban lo es.
“Un cuento violento” es una colección de relatos en la que el narrador ha descubierto la mejor forma de decir algo, desde la impavidez y la frialdad del que lo sabe todo, para incluso sincerar en alguna línea el trasfondo de lo que cuenta, sin abandonar su tono característico. Eso es lo que impacta: esa aparente distancia que lo único que consigue es enfrentar al lector con la verosimilitud y decirle que lo que lee es lo que es. No hay más. En “Un cuento de básquet” la pasión del deporte se traslada de un padre al hijo, en algo similar a un documental, que se centra en una vida y nos habla de las probabilidades (cuando el personaje central sueña que juega básquet con Baruch de Spinoza es realmente fabuloso). En “La desaparición de Dan Sétif” vemos la elucubración como un juego de creación colectiva ante una ciudad universitaria movilizada cuando un estudiante desaparece. “La vida de Silvia Blanco” nos presenta a una mujer que nos cuenta lo que ha hecho y cómo ha llegado al sitio en el que está, en medio de todas las casualidades posibles. Y si se trata del enfrentamiento con lo casual, “Otra búsqueda” es el cuento maestro, sin duda. Esteban consigue contar las cosas más atroces como si fueran normales. La dureza es igual a todo. El dolor nunca está ausente, aunque se abandonara cualquier entonación. El juego con el lector está en decirle que a veces resulta inevitable la relación firme con lo que lee.
Es en el cuento que le da título al libro donde todo llega al esplendor de lo que una historia puede ser: Devendra Canchi decide acabar con la gente que está en la Universidad de Vancouver, dispararles, matarlos. Y entramos a reconocer los motivos, como si parte del relato fuese un informe que nos enfrenta al horror y a cómo una mente puede ir cavando su propio pozo (así como la inutilidad del ser humano para detectar esos casos a tiempo). No hay puntos medios, se trata de hacer del género un acto de distancia y golpe. Narrar así no es fácil, quizás sea un acto de contención, de reconocer que en la narrativa importa la historia, contar algo. El arte está ahí, en una firmeza que asombra.
Por eso hay un ornitorrinco que cuenta su viaje a la playa. Un par de magos a lo Sigfried y Roy en un compendio de su vida, un avión que parece que no va a tener un buen vuelo, la obsesión con las longitudes de la literatura… Se debe celebrar un libro como este, que te llega a las manos de la manera más común y te habla del placer por lo literario.
imagen tomada de fiestaporelibro.blogspot.com
El libro de Esteban, que fue editado en 2008, vale la pena. Si lo ven por ahí, debe ser considerado una compra segura…
Ayer estuve en el parque El Arbolito, a un lado de la Casa de la Cultura, entrando al centro, en Quito. Se había convocado a una reunión que tuvo mucho de puesta en escena política (no hay que negar que siempre lo fue y eso no tiene por qué alarmar) y desde los discursos aprecié el mismo error que veo en otros lados: el miedo, la indignación y quizás el oportunismo de alguno haciendo espacio en algo que podría tener otros ribetes. Pero voy de a poco.
Carlos Vera es ahora el malo de la película para casi todos y es quien hizo el llamado para estar ahí. Él no tiene hoy sus espacios tradicionales para permanecer a la vista pública (programas televisivos de periodismo político de opinión, siendo echado de su canal por obvias presiones del Gobierno, pues la relación entre Vera y la gente de Carondelet fue tirante casi desde el inicio de la revolución ciudadana), por lo que la perspectiva del poder adquiere cuerpo: se vuelve de manera clara en figura política (algo de lo que se ufanó el presidente el sábado pasado, como si eso le diera la razón en lo que él define como periodismo). Carlos Vera está en una posición arrojado por las circunstancias y probablemente debe estar sacándole provecho. Ojo, esto del provecho no tiene que ver necesariamente con algo oscuro (o monetario, por lo que él escribió en su libro, incluso… porque es indudable que para concentraciones y marchas como la de ayer hay dinero de algunos empresarios contrarios al régimen), sino con tener la oportunidad de plantear propuestas que valgan la pena (le doy todavía la opción de la duda, porque como periodista me ha enseñado a estar preparado y si la cago, reconocerlo en público) ¿Pero cuáles?
Ha tenido algunas muy claras, como por ejemplo la revocatoria del mandato del presidente, según lo establecido en la constitución que tenemos ahora y otra, la que se convirtió en lo que creí era la razón de la reunión de ayer, que está centrada en la lucha contra esa Ley de Comunicación, que no se va a discutir en el pleno de la Asamblea como estaba planeado, sino que se la va a rediseñar (y de eso mejor ni hablo ahora).
¿Pero cómo articular propuestas cuando hay asistentes que no tienen ni siquiera un ápice de sentido común para reconocer los resquicios de discursos que están escuchando? ¿Cómo hacerlo cuando hay gente que participa y reúne palabras basadas en falacias y en criterios que rayan hasta en la xenofobia (Patricio Haro metido entre los micrófonos, haciendo gala de una ignorancia que debe ser temida por todos)? ¿Qué se puede esperar cuando hay mucha gente que está aprovechando las circunstancias? Para mí lo de ayer fue una experiencia que me hacía falta: una movilización que responda a una dinámica que había estudiado desde la periferia (para mi tesis de licenciatura revisé el fenómeno mediático de los forajidos, que estuvieron en la calle dispuestos a echar al presidente Gutiérrez). Y una vez que la viví, me queda el mal sabor de boca, como si un golpe hubiera determinado la sensación de sangre derramada.
Sucede que los gritos de lucha (enumere los que quiera, desde “Fuera Correa, fuera”, “Correa te jodiste, con Quito te metiste”, hasta “Chávez y Correa, la misma diarrea” y “Democracia sí, comunismo no”) parecían arengas de programa concurso (“Sube Luzmila, sube”) y reflejaban algo que se puede puntualizar como descontento y miedo. El descontento es quizás el elemento más notable que pueda movilizar a la gente, no puedo ni siquiera pensar en lo contrario, o peor condenarlo. Pero la nobleza debe romper ese primer estado y conseguir un valor o una articulación mucho más contundente que el simple rechazo. Lo de ayer fue una muestra de poder y se trató de eso: de un apoyo numérico. Según lo que leí en algún medio, fueron 2000 personas en el parque las que terminaron poniendo ofrendas florales en el edificio de la Asamblea. Se trata de sumar fuerza numérica y si bien se puede interpretar eso como una manifestación democrática, no puede ser el único objetivo dentro de una democracia. La razón no puede estar minada de cualquier proceso de movilización política, especialmente contra el gobierno actual, que con más de tres años ha reventado la inteligencia y la razón en sus discursos, dejando que sofismas se vuelvan en el sostén de un régimen, asumiendo que el valor de la palabra no está en ella, sino en quien la pronuncia. El fin de la razón, sin duda.
El único discurso (que ni siquiera escuché en su totalidad porque la gripe que tengo me terminó venciendo y tuve que retirarme), y que tuvo algún tipo de coherencia, fue el de Vera. Sobre todo porque resaltó parte de los enunciados que en estos últimos tiempos ha mantenido y que yo defiendo, especialmente lo relacionado a la práctica de la profesión que he estudiado, sufrido y practico. Si bien en sus momentos se transformó en una prueba de popularidad (él en la tarima repitiendo hasta siete veces algunas frases que pudieron convertirse en mantras), y que las intervenciones de Martha Bucaram y de Verónica Romero (representante de alguna asociación de jóvenes universitarios, no recuerdo ahora el nombre) estuviesen cargadas de sentido común, lo cierto es que me dio la impresión de que la palabra ha perdido su contundencia. Así no se hace nada más que ejercer el derecho del error como única posibilidad. Gente absolutamente desquiciada (en particular un tipo que parecía sacado de ‘Full metal jacket’, con un megáfono gritando cosas mientras los discursos se daban y exigiendo con la mirada que la gente respondiera: “¡Quito, Luz de América!”, “¡Abajo Correa!”, “¡Arriba Juan Montalvo!” “¡Arriba Eugenio Espejo!”), frases que te hablan de un desconocimiento perpetuo de lo que han sido los movimientos geopolíticos en la historia de la humanidad (insinuaciones de Patricio Haro -que por cierto fue quien sacó ese cartel de persona no grata en la plaza de toros de Quito, me enteré ayer- que hablaban de la migración delictiva, acusando a cubanos y venezolanos de la inseguridad del país -para luego retractarse tibiamente- y después de esas (im)precisiones xenófobas acusar al gobierno de Correa de ‘nacional socialismo’, en una clara demostración de todo por el todo, sin fuerza)… y la desesperanza como único vehículo.
Me fui con ese mal sabor de boca. Porque el asunto fundamental detrás de todo esto no es un simple descontento o una percepción. Es la absoluta indefensión que se percibe en el ambiente. Es salir con todos los bolsillos y agujeros sellados para que nadie te pueda meter la mano. Es sentir que puedes irte hoy y que quizás no vuelvas a ver a la persona que tienes al lado. Es la inseguridad lo que marca el ritmo en muchos casos. Es la idea de quedarte sin trabajo también (he visto a empresarios responsables de 100 o más familias llorar porque no tienen dinero para los sueldos de enero de sus empleados). Es la idea de que para el régimen lo mejor es que las verdades sean las que ellos propongan. Son los conceptos que se han perdido, en medio de una dinámica en la que hoy la gente con algo de dinero parece ser considerada traidora a la patria (cuando en el gobierno hay muchísima gente que tiene mejores casas y más carros que muchos de los que estamos leyendo este texto). Es el acto de sobreviviencia que no permite nada más que eso: un cambio para salir del atolladero. Detrás de todo esto no hay ninguna otra posibilidad. Cuando algo que resulta elemental está afectado, la razón se muere.
Y el problema que tenemos es que mientras esto crezca, los discursos perderán sustento y más que conseguir un cambio, ganaremos el hundimiento perpetuo. El daño no es el sistema, o el modelo que se pueda manejar (señores, es imposible que lleguemos a un estado en el que la única posibilidad sea el comunismo. ¿Han visto las noticias? ¿Es posible que suceda con un gobierno que basa presupuestos generales en supuestos precios de barriles de petróleo y en un crecimiento del país el doble de lo que se ha estimado para la región? ¿Se puede dar con un gobierno que espera a que llueva para que no haya cortes de luz? ¿Lo podrá sostener un gobierno que recibe de China condiciones más fuertes que el FMI, por ejemplo, porque sabemos que el riesgo de inversión acá es muy fuerte? Hay o no gas en la isla Puná? ¿No están investigando a una ministra por compras fraudulentas de ambulancias? ¿No ha salido un ex administrador de la electricidad en Quito a decir que el ministro del ramo les pidió mentir sobre los cortes?). El problema real es dejar que los miedos fundados se conviertan en argumentos, y que los infundados sean la medida de las cosas. Ayer vi que quizás todo se puede ir al diablo, que quizás en Ecuador no haya solución… Pero la fe en el sentido común no se pierde con tanta facilidad. Si Carlos Vera es la única persona que articula una especie de rechazo, pues es comprensible que muchas otras se unan y busquen pescar a río revuelto. Pero el rechazo no puede ser excusa para la ausencia de razón. Jamás.
Es hora de dejar de pensar en los mitos y en los demonios. Comunismo: malo, neoliberalismo: bueno. Neoliberalismo: malo, comunismo: bueno. Lo cierto es que las condiciones económicas y sociales del país no son precisamente las mejores y eso no puede ser culpa de un sistema antiguo, ni del actual, sino de todos nosotros y nuestra ausencia de capacidad crítica. Sentido común, eso es todo. No es mucho pedir.